El día que Tlaxcala se dividió en dos canchas
(y nadie llamó al pueblo "estúpido" por notarlo).
Hubo un domingo en que Tlaxcala tuvo que decidir a cuál de las dos plazas asistir, como si la política se hubiera vuelto un torneo de fútbol con horarios encimados a propósito. Dos horas antes, en el centro de la capital, la gobernadora Lorena Cuéllar y Alfonso Sánchez García, marcharon en nombre de la soberanía nacional. Después, en las canchas de la colonia Loma Xicohténcatl, la senadora Ana Lilia Rivera rindió su informe legislativo, rodeada de senadores, diputadas y funcionarios federales que llegaron a blindarle el acto.
Nadie quiso decirlo así de claro, pero ese domingo Morena se exhibió a sí mismo. No hubo unidad: hubo dos tarimas, dos discursos sobre la misma "soberanía" y un partido que ya no puede fingir que no hay sucesión en marcha.
Y sin embargo, lo más incómodo de esa jornada no fue la pugna entre aspirantes. Fue que, otra vez, el centro del debate terminó siendo la misma pregunta que ya debería tener respuesta: ¿qué tan dispuesta está Ana Lilia Rivera a escuchar a quien no le aplaude?
La memoria que no se borra con un evento bien montado.
Porque hay que decirlo sin adornos: meses antes de subirse a esa tarima a hablar de unidad y de pueblo, Rivera tuvo que defenderse —sin éxito— de haber llamado "estúpido" a quien preguntara por su trabajo. No fue un exabrupto de pasillo, fue una respuesta pública ante el cuestionamiento legislativo: "¿Y quién es el estúpido que pregunta?" Después vino la corrección de manual: que no se refería al pueblo, que hablaba de bots, de campañas negras, de "necios" que niegan la verdad. La explicación llegó. La disculpa, no.
Ese matiz —"a usted no, a usted sí"— es precisamente el problema. Porque cuando un político empieza a clasificar al ciudadano en categorías de "el que merece respuesta" y "el que merece insulto", ya dejó de rendir cuentas: empezó a administrar cuáles preguntas le convienen.
Y el patrón no se quedó ahí. Vino el episodio de Taiwán convertido, en su voz, en territorio mexicano. Vino la comparación con Goku para explicar que "cada vez que la derrotan, se levanta más fuerte" —como si la crítica ciudadana fuera un villano de caricatura al que hay que vencer, en lugar de una exigencia legítima de cuentas claras.
Ninguno de estos momentos, por separado, sería suficiente para escribir una columna. Juntos, dibujan algo más serio: una forma de entender el poder en la que el ciudadano incómodo no es a quien hay que convencer, sino a quien hay que ignorar, corregir semánticamente o, en el mejor de los casos, tolerar con condescendencia.
El costo de despreciar antes de gobernar.
Aquí está lo que de verdad está en juego, y no es la candidatura. Es la pregunta de fondo: ¿puede gobernar bien quien ya demostró, en pequeño, cómo trata a quien lo cuestiona?
Porque gobernar Tlaxcala —o cualquier lugar— no empieza el día de la toma de protesta. Empieza antes, en la forma en que un aspirante responde cuando algo le incomoda. Empieza en cómo reacciona ante una pregunta que no esperaba, ante una crítica que no pidió, ante un periodista que no aplaude. Y ahí, hasta ahora, la respuesta ha sido la misma: la culpa es de los bots, la culpa es de la campaña negra, la culpa es de quien pregunta. Nunca la responsabilidad de quien gobierna explicar mejor, de escuchar más, de no clasificar al pueblo en "el que me cree" y "el estúpido que no entiende".
El domingo de las dos plazas no fue solo una foto de división interna en Morena. Fue, otra vez, la prueba de que cuando a Rivera se le cuestiona —ahora por organizar un acto "paralelo" justo cuando la gobernadora convocaba el suyo— la respuesta institucional fue pedir unidad desde el escenario, no abrir un diálogo genuino fuera de él.
Lo que el pueblo no olvida.
Se puede ser una legisladora con trayectoria, con iniciativas, con buenos números en el changarro del Senado. Se puede tener la estructura, los aliados nacionales y hasta la ventaja en las encuestas. Nada de eso es gratis ni hay que regatearlo: Rivera lo tiene, y lo ha construido con trabajo de años.
Pero hay una cuenta que no aparece en ningún informe legislativo, y es la que el ciudadano de a pie sí lleva: cuántas veces sintió que, cuando preguntó, le respondieron con desprecio. Esa cuenta no se borra con una marcha bien organizada ni con un video viral comparándose con un personaje de anime. Esa cuenta se cobra, tarde o temprano, en la urna.
Porque el pueblo no olvida. El pueblo tiene memoria. Y sin el pueblo, ningún candidato es nada —ni el que organiza la marcha más grande, ni el que llena más canchas de fútbol, ni el que mejor explica, después del escándalo, que en realidad no quiso decir lo que dijo.
Lo que se decidirá en 2027 en Tlaxcala no es solamente quién gana la gubernatura. Es si, entre tanto aspirante, hay alguno que entendió a tiempo algo elemental: que gobernar empieza por no despreciar a quien se pretende representar. Hasta ahora, esa lección sigue pendiente.
El respeto no se reparte por jerarquías.
Conviene decirlo con toda claridad, porque es el fondo real del asunto: no hay ciudadanos de primera ni de segunda. El que barre la calle merece el mismo respeto que el que gobierna. El que trabaja el campo bajo el sol merece la misma consideración que quien despacha desde una curul o una gubernatura. Con o sin micrófono, con o sin cámara enfrente, todos tienen el mismo derecho a preguntar, a cuestionar, a exigir cuentas, sin que eso les cueste un insulto.
Ese principio, tan elemental que debería sobrar decirlo, es justo el que se ha venido erosionando en el discurso político tlaxcalteca de los últimos meses. Cuando una funcionaria pública decide qué preguntas "sí cuentan como del pueblo" y cuáles no, está trazando una frontera que no le corresponde trazar: la de quién tiene derecho a ser escuchado. Y esa frontera, una vez dibujada desde el poder, rara vez se borra; al contrario, suele ensancharse.
Por eso esta columna no se centra en exhibir un error aislado, sino en algo más amplio: en la urgencia de que la clase política —no solo Rivera, también Cuéllar, también Sánchez y quien venga después— entienda que el pueblo no es un recurso que se moviliza para llenar una plancha o una cancha de fútbol cuando conviene, y se ignora cuando pregunta lo que incomoda. El pueblo no es decorado de campaña. Es el único que, al final, define quién se queda y quién se va.
Esa es la advertencia que debería resonar en cualquier oficina de gobierno en Tlaxcala, sin importar el color ni el apellido: hoy, sentados en el poder, ya intimidan, ya condicionan la libertad de expresión a su conveniencia. La pregunta que toda la ciudadanía tlaxcalteca debería hacerse —y exigir respuesta— es qué pasará cuando ese poder sea total. Porque hasta ahora, frente a cada señalamiento, lo único que ha llegado son justificaciones. Ninguna disculpa.
Porque quien desprecia a su gente, no necesita que nadie lo derrote: ya se derrotó solo.
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