El liderazgo de Sheinbaum ya no necesita medirse contra nadie

El liderazgo de Sheinbaum ya no necesita medirse contra nadie

“Ningún registro histórico blinda un liderazgo: solo la crisis que todavía no llega revela si el poder se sostiene solo.” Raúl reyes Gálvez

El aroma llega antes que el líquido: cuando la crema empieza a subir por el filtro de la Bialetti, el olfato reconoce el café completo segundos antes de que la vista lo confirme en la taza. Esta madrugada del 1 de septiembre de 2026, el día en que el artículo 69 constitucional obliga a la presidenta a rendir su Segundo Informe de Gobierno, ese adelanto olfativo se pareció a lo que ya confirman los números: bajo distintos criterios comparables, Claudia Sheinbaum llega con el capital de aprobación presidencial más alto observado en México en tres décadas. La pregunta que ordena esta disección no es contra quién compite ese liderazgo, porque no compite contra nadie en particular. Es qué lo sostiene, dentro del país y frente al exterior, para llegar tan alto después de casi dos años de fricción con la inseguridad, la economía y la presión estadounidense.

UNA SERIE HISTÓRICA, NO UNA CARRERA

Roy Campos, presidente de Consulta Mitofsky, situó a Sheinbaum en 68% el 28 de agosto usando el agregador Polls y advirtió una precisión metodológica que conviene respetar: los presidentes anteriores tomaban posesión el 1 de diciembre, Sheinbaum lo hizo el 1 de octubre de 2024, de modo que la serie compara la posición política de cada gobierno rumbo a su Segundo Informe, no un mes idéntico de calendario. Dentro de esa serie, Sheinbaum encabeza; detrás aparecen, en distintos órdenes según el corte, Felipe Calderón, Vicente Fox, Andrés Manuel López Obrador, Enrique Peña Nieto y Ernesto Zedillo, todos entre 35% y 63% en el punto equivalente de sus gobiernos. Una prueba más exigente evita el problema del calendario: El Financiero reconstruyó en marzo de 2026 el promedio de los primeros dieciocho meses de las seis administraciones y ahí Sheinbaum también encabeza, con 74%. FactoMétrica, casa independiente del agregado de Campos, midió en agosto 68.4% con 1,200 casos. Pew Research Center, con instrumento y muestra distintos, encontró 64% de opinión favorable entre febrero y abril. Cuatro metodologías distintas coinciden en el mismo orden de magnitud. La dispersión existe y conviene declararla: TResearch midió 71.8% el 24 de agosto. Ninguna casa aislada sostiene el récord por sí sola; lo sostiene que el bloque completo, con toda su oscilación, mantiene a Sheinbaum sistemáticamente por encima del terreno donde estuvieron sus cinco antecesores en el punto equivalente de sus gobiernos. Eso es lo que convierte el dato en récord de tres décadas, defendible y no en la lectura optimista de un solo sondeo.

LA LEGITIMIDAD QUE SE CONSTRUYE FRENTE A WASHINGTON

El terreno donde ese liderazgo se juega no es interno: es internacional. FactoMétrica registra 64.5% de valoración positiva sobre el manejo de la relación con Estados Unidos, en un momento de presión comercial y de seguridad sostenida desde Washington. Cuando el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, intentó reincorporarse al cargo después de que Estados Unidos solicitara su extradición junto con otros nueve funcionarios estatales, Sheinbaum calificó públicamente el intento como inapropiado, según documentó Reuters; la reincorporación terminó siendo efímera y el episodio se leyó como una afirmación de mando frente a una presión que originaba en el exterior, no como una disputa doméstica. La misma lógica explica por qué 55% de los encuestados por El Financiero calificó positivamente la presencia de la presidenta en la final del Mundial de 2026, compartiendo tribuna con sus contrapartes de Estados Unidos y Canadá: la escena presidencial se construye cada vez más en el escenario donde México negocia con el exterior, no solamente en el que disputa con la oposición interna. Bernard Manin describe ese mecanismo como democracia de audiencia: el vínculo entre gobernante y ciudadanía se personaliza y el liderazgo gana legitimidad propia en la medida en que la opinión pública lo observa actuar directamente frente a interlocutores de peso, dentro y fuera del país. El límite de la inferencia es que la personalización mide visibilidad y mando, no garantiza permanencia: un manejo torpe de la próxima crisis con Washington podría erosionar exactamente el mismo activo que hoy la sostiene.

POR QUE EL MALESTAR NO SE CONVIERTE EN FACTURA

Robert Entman explica el framing como la operación de seleccionar qué problema, qué causa y qué responsable entran en primer plano. Pew ofrece el indicador más limpio disponible: 65% aprueba el manejo de educación, 61% el de la economía y 55% el de la relación con Estados Unidos, pero solo 45% aprueba el combate al crimen organizado y apenas 45% el combate a la corrupción, los dos rubros donde reprueba más gente de la que aprueba. La opinión general favorable, sin embargo, se mantiene en 64%, por encima del promedio de esos cinco rubros. Ese desfase es la evidencia del mecanismo: el ciudadano separa el juicio sobre un problema específico del juicio sobre el liderazgo general. Algo compatible aparece en la seguridad: Mitofsky registra la inseguridad como la principal preocupación nacional, con 51.8% en junio, mientras FactoMétrica encuentra que 65.4% percibe una mejora en la situación. Un ciudadano puede sostener ambas cosas a la vez sin contradecirse: que el problema sigue siendo grave y que el liderazgo lo está atendiendo mejor que antes. El límite es que el framing no es permanente ni automático: si la desaprobación en seguridad y corrupción se profundiza, o si un episodio suficientemente grave conecta directamente el problema con la responsable, el encuadre puede reorganizarse en semanas

EL MECANISMO, VISTO DESDE OTRO PAÍS

Wendy Hunter y Timothy Power documentaron en 2007, en Latin American Politics and Society, cómo Luiz Inácio Lula da Silva convirtió entrega social directa y posicionamiento presidencial en un respaldo que la elección de 2006 confirmó incluso en medio de escándalos de corrupción que sí golpearon a su partido. El mecanismo descrito ahí es general y aplica sin necesidad de nombrar un antecesor local: cuando un gobierno logra que la ciudadanía identifique un beneficio tangible —una transferencia, un programa, una postura frente a una potencia extranjera— directamente con quien ocupa el cargo, ese vínculo empieza a operar con independencia relativa del desempeño de las instituciones que lo rodean. El límite es temporal: el caso brasileño tardó un ciclo electoral completo en confirmarse con claridad estadística; el mexicano lleva menos de dos años, y afirmar hoy que el mecanismo ya operó por completo sería adelantar una conclusión que la evidencia disponible todavía no sostiene con la misma nitidez.

EL CIUDADANO SEPARA EL JUICIO SOBRE UN PROBLEMA ESPECÍFICO DEL JUICIO SOBRE EL LIDERAZGO GENERAL.

El liderazgo que Sheinbaum exhibe este martes de Segundo Informe no necesita medirse contra nadie en particular para ser el más alto en treinta años: la propia serie histórica, construida con cuatro metodologías distintas, ya lo coloca ahí. Lo que sigue sin resolverse es más interesante que cualquier comparación: si ese respaldo describe un liderazgo capaz de sostenerse por mérito propio frente a la próxima crisis, interna o con Washington, o si todavía depende de que ningún adversario consiga convertir el malestar difuso en una factura política concreta. Esa prueba no se mide en agosto, ni en una encuesta, ni en una comparación con quien gobernó antes. Se mide la primera vez que algo salga mal de verdad, dentro del país o frente a Washington, y el liderazgo tenga que sostenerse solo, sin el respaldo de una cifra récord que hoy nadie le disputa.

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