El partido que se quedó sin patria
“La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer.” Antonio Gramsci
El silencio después del estruendo
Hubo un tiempo en que el Partido Revolucionario Institucional organizaba la vida pública con la naturalidad de quien se cree eterno. Gobernaba estados, municipios, congresos y conciencias. Hoy, en cambio, su presencia se ha reducido a un murmullo agrio: menos militantes, menos gobiernos, menos votos y, sobre todo, menos sentido. El ocaso priista no es un tropiezo electoral; es un colapso estructural. La pregunta ya no es si puede ganar, sino si puede existir con dignidad política.
Liderazgo en combustión
El rostro más visible de esta crisis tiene nombre y apellido: Alejandro Moreno. Bajo su conducción, el partido no sólo perdió elecciones; perdió credibilidad. Las denuncias, los audios, las alianzas erráticas y la reelección forzada convirtieron la dirigencia en un búnker. Las críticas internas —y las renuncias— no fueron caprichos: señalaron un cierre deliberado de espacios democráticos. Cuando un tercio de la militancia se va, no hay narrativa que lo tape. No es una purga; es una fuga.
El problema no es sólo moral. Es político. Un liderazgo que gobierna desde la arrogancia termina aislado. Un partido que se organiza para sobrevivir a su jefe, deja de organizarse para representar a la sociedad.
Oposición sin agenda
La oposición existe para disputar el sentido del futuro. El PRI, hoy, existe para disputar titulares. Su “agenda” se ha reducido a la confrontación reactiva: insultos, gestos de despecho y una presencia mediática sin impacto electoral. No interpela a los jóvenes, no conversa con la tecnología, no entiende la economía política del siglo XXI. Mientras Morena define un campo de batalla —con aciertos y errores— y Movimiento Ciudadano captura nichos urbanos con relato, el PRI grita desde el vacío.
Las coaliciones, lejos de ser estrategia, han sido coartada. La política de bloques sin identidad no construye mayorías; anestesia derrotas. El resultado es previsible: tercer lugar persistente, estados perdidos y una marca que ya no convoca.
La humillación como política exterior
Hay un gesto que sintetiza la desconexión priista con la nación que dice representar: acudir a Estados Unidos a pedir intervención política. No es diplomacia; es súplica. No es oposición; es delegación de soberanía. En un país con una historia marcada por la defensa —imperfecta, sí— de su autonomía, ese acto no sólo es un error estratégico; es una humillación política. La oposición que se ofrece como intermediaria de intereses ajenos renuncia a la patria como argumento y se queda sin pueblo como sujeto.
La traición no siempre se consuma con armas; a veces se firma con boletos de avión y ruedas de prensa.
El peso de la historia (y de la corrupción)
El PRI arrastra un legado pesado: corrupción sistémica, pactos opacos, autoritarismo administrado. Durante décadas, ese pasado fue amortiguado por la eficacia del poder. Sin poder, el pasado pesa el doble. Hoy no hay red territorial que compense la bancarrota moral. No hay narrativa que convierta la nostalgia en proyecto. Y no hay autocrítica capaz de abrir un camino de renovación real.
El problema no es “volver a los valores”; es admitir que esos valores ya no bastan. La política contemporánea exige escucha, innovación y conflicto bien narrado. El PRI ofrece liturgia sin fe.
Extinción o metamorfosis
¿Puede el PRI salvarse? Sólo con una ruptura que hoy parece imposible: relevo real, agenda nítida, democracia interna y un proyecto que dialogue con las demandas de la época. Sin eso, la extinción no será un castigo externo, sino una consecuencia interna. Los partidos no mueren por perder elecciones; mueren por perder sentido.
La reelección de la dirigencia, los llamados al “resurgimiento” y la épica vacía no detienen la hemorragia. La política no perdona la desconexión prolongada.
El final que ya empezó
El PRI no está siendo derrotado por sus adversarios; está siendo abandonado por la historia. Cuando un partido cambia patria por padrinos, agenda por ruido y liderazgo por cerrazón, el desenlace es inevitable. No hay nostalgia que gane elecciones ni humillación que construya futuro.
El partido que gobernó el siglo se quedó sin siglo.
Y la política, implacable, ya pasó la página.
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