El teatro del enemigo: cómo Trump convirtió el narcotráfico en arancel

El teatro del enemigo: cómo Trump convirtió el narcotráfico en arancel

“La hegemonía no se impone por la fuerza bruta, sino por la capacidad de fijar qué cuenta como amenaza legítima” — paráfrasis contemporánea de la intuición de Antonio Gramsci 

La cafetera que administra el fuego, no lo apaga

En la Bialetti, el agua no sube por convicción: sube porque alguien controla la presión y el tiempo sin acelerar el proceso, porque forzarlo arruina la extracción. Trump aplica el mismo principio a la geopolítica del narcotráfico: no busca erradicarlo, administra su visibilidad discursiva hasta que produce el resultado que necesita —un arancel, una concesión comercial, un titular que reorganiza la agenda—. El enemigo externo no se combate: se dosifica.

Tesis: Trump no enfrenta todavía un desgaste que erosione su coalición interna; enfrenta una asimetría estructural entre narrativa antinarcótica y práctica geopolítica selectiva que, sostenida en el tiempo, le impide consolidarse como árbitro moral consistente del combate a las drogas en el hemisferio.

Framing selectivo y el cálculo del que no necesita ser justo

Se elige aquí el framing de Entman —selección de problema, atribución de causa, juicio moral, solución propuesta— como eje central, porque es el único marco que permite explicar por qué el mismo hecho (vínculos de un gobierno con estructuras de narcotráfico) recibe tratamiento retórico opuesto según el interlocutor. Ningún otro marco disponible da cuenta con la misma precisión de esa variable: la selectividad no es error de consistencia, es el mecanismo mismo.

La segunda pieza es Schelling, no como cita decorativa sino como modelo de equilibrio: la amenaza de aranceles funciona porque es creíble, y es creíble porque Trump ya demostró disposición a ejecutarla contra aliados. Pero la amenaza no necesita aplicarse con la misma intensidad en todos los frentes para producir el efecto disuasivo total: basta con que México calcule que el costo esperado de la resistencia supera el costo de la concesión. Ese es el punto de equilibrio que Trump administra —no busca que México ceda del todo, busca que México siempre calcule que ceder es más barato que probar el farol—.

Steve Bannon aporta la pieza que falta: la saturación narrativa como control de agenda por volumen, no por precisión factual. No importa si el “narcoestado” mexicano resiste el escrutinio comparado frente a Honduras o Ecuador; importa que el término ocupe el ciclo informativo antes de que la contraevidencia pueda organizarse. Jaime Durán Barba añade la clave doméstica: el elector estadounidense que respalda esta política no decide por consistencia programática, decide por identificación emocional con la idea de un enemigo externo nítido, y el narcotráfico mexicano ofrece esa nitidez mejor que estructuras difusas de corrupción interna en otros países.

Evidencia y contradicción

La captura de Nicolás Maduro en enero de 2026, tras una operación militar de gran escala en Caracas, se presentó como culminación de una cruzada sostenida contra el “Cartel de los Soles”. Consumada la captura y desplazado el objetivo hacia el control transicional del país, la estructura que justificó la operación desapareció casi por completo del discurso oficial. El problema declarado y la solución ejecutada dejaron de coincidir en cuanto la extracción política se completó: el dato revela que la etiqueta antinarco es instrumental, no doctrinal.

En Ecuador, investigaciones periodísticas y filtraciones documentales han vinculado a empresas ligadas a la familia del presidente Daniel Noboa con cargamentos de cocaína interceptados rumbo a Europa entre 2020 y 2022, sin que ese antecedente altere el trato de aliado estratégico que Washington le otorga en su cruzada regional. En Honduras, Trump indultó en diciembre de 2025 al expresidente Juan Orlando Hernández —condenado a 45 años de prisión por facilitar el tránsito de cientos de toneladas de cocaína hacia territorio estadounidense— alegando persecución política, en plena campaña electoral hondureña que favoreció al candidato conservador respaldado por la Casa Blanca. El silencio pesa más que el discurso: ningún comunicado equivalente de indignación acompañó esos dos casos.

Frente a México, el mismo vocabulario —narcoestado, complicidad estructural— se despliega con una intensidad que no guarda proporción con la evidencia comparada de gobiernos aliados en la región. La diferencia no es la gravedad del vínculo; es el valor de la palanca. México negocia el T-MEC, exporta bajo integración productiva profunda con la economía estadounidense y enfrenta un calendario arancelario activo: el narcotráfico funciona ahí como instrumento de negociación comercial, no como política uniforme.

Lectura internacional: El patrón no es exclusivo del hemisferio americano. La misma arquitectura de presión selectiva opera en la relación de Washington con Europa y sus socios asiáticos: exigencias de gasto militar y amenazas arancelarias se aplican con severidad variable según el peso económico y la capacidad de represalia del interlocutor. Es un isomorfismo estructural, no una coincidencia regional: la hegemonía contemporánea ya no exige ocupación, exige la gestión asimétrica de amenazas creíbles, aplicadas con mayor dureza donde el costo de resistir es más alto para quien recibe la presión que para quien la ejerce.

Cierre quirúrgico

La polarización, en la arquitectura de Trump, no es efecto colateral de su liderazgo: es el combustible que sostiene la coherencia de su base sin exigir coherencia en su política exterior. El antagonismo externo cumple hoy la función que cumplió el antagonismo interno en su primera etapa: organiza el relato, define al enemigo y desplaza la exigencia de resultados verificables hacia la exigencia de lealtad narrativa.

Para México, el margen no está en protestar la etiqueta sino en administrar el equilibrio: cada concesión que reduce el costo relativo de negociar frente al costo de resistir reduce también la necesidad de Washington de sostener la presión discursiva. El café no sube por convicción moral de la cafetera. Sube porque alguien controla el fuego —y quien identifica quién lo controla deja de ser sólo el objeto de la presión.

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