Entre la guerra sucia y la unidad: Ana Lilia Rivera se fortalece
Por: Roberto Nuñez Baleón.
En la disputa por la coordinación estatal de la Defensa de la Cuarta Transformación en Tlaxcala Ana Lilia Rivera se ha convertido en la opción más competitiva dentro de Morena rumbo a 2027.
No es casualidad que mientras más crece su posicionamiento territorial, más intensa se vuelve la guerra sucia en redes sociales, columnas políticas y campañas de desgaste digital. En Morena, como en toda fuerza política dominante, los ataques rara vez se concentran en quien no representa un riesgo real para los grupos de poder. Y la intensidad del golpeteo revela más nerviosismo que fortaleza de sus adversarios internos.
La identidad histórica de la senadora con las bases del movimiento de la cuarta transformación y el capital político que ha construido en torno al trabajo territorial, no es improvisado, ni se ha fabricado desde oficinas de comunicación social. Lo ha edificado durante años de militancia, cercanía con la gente y congruencia de vida.
Por eso, en un momento donde la presidenta Claudia Sheinbaum impulsa mecanismos de revisión ética y política para futuras candidaturas, la figura de Ana Lilia Rivera adquiere una relevancia especial. Morena nacional busca perfiles que no representen riesgos reputacionales, que no arrastren negativos asociados al deterioro de seguridad pública o a vínculos cuestionables con grupos de delictivos.
Pero además, el tablero interno de Morena en Tlaxcala también permite observar el verdadero peso político de otros aspirantes que han comenzado a aparecer en la conversación pública.
El caso de Oscar Flores evidencia más una aspiración emergente que una candidatura consolidada. Su presencia parece responder a la necesidad de ciertos grupos de tener representación en la mesa de negociación interna de Morena más que a una estructura real capaz de disputar seriamente la coordinación estatal. Su participación, sin embargo, le permite posicionarse rumbo a futuras definiciones políticas y mantenerse vigente dentro del reparto de espacios que inevitablemente acompañará el proceso de 2027.
Algo similar ocurre con Dulce Silva, Raymundo Vázquez y Carlos Augusto Pérez, aunque cuentan con presencia política, y particularmente ella cercanía con personajes ligados al obradorismo, hasta ahora no se percibe una operación territorial suficiente que los coloque en el mismo nivel competitivo que Ana Lilia Rivera. La participación de dichos personajes parece responder a la intención de medir fuerzas, construir posicionamiento y eventualmente convertirse en factor de negociación para otros cargos de elección popular.
En realidad, la contienda interna de Morena en Tlaxcala comienza a mostrar dos niveles claramente diferenciados: por un lado, quienes buscan genuinamente encabezar el movimiento rumbo a la gubernatura; y por otro, quienes participan para elevar su valor político dentro de la futura negociación de candidaturas.
Y esa diferencia también explica por qué la mayor parte de la guerra sucia se concentra sobre Ana Lilia Rivera y no sobre otros aspirantes. Porque hay otro dato que no debe minimizarse: pese a la cantidad de ataques en su contra, Ana Lilia Rivera ha evitado responder con la misma virulencia. Y en política eso también comunica.
En tiempos donde la polarización interna puede fracturar movimientos completos, la senadora ha optado por una estrategia de contención. No ha convertido las diferencias en rompimiento, ni ha escalado públicamente los conflictos con otros grupos morenistas. Esa prudencia no necesariamente responde a debilidad; por el contrario, parece una decisión calculada para cuidar la unidad del movimiento y no alimentar una guerra interna que podría terminar beneficiando a la oposición.
Pero además, la guerra sucia ha comenzado a producir un efecto contrario al que originalmente buscaban sus adversarios. En lugar de debilitarla, la ha fortalecido políticamente ante amplios sectores de la sociedad tlaxcalteca, incluidos ciudadanos que ni siquiera militan en Morena.
Eso explica por qué Ana Lilia Rivera ha logrado mantener e incluso ampliar su presencia pública pese al golpeteo constante. Para una parte importante del electorado morenista, los ataques refuerzan la idea de que representa una amenaza real para ciertos intereses políticos locales. Pero incluso entre ciudadanos sin militancia partidista comienza a consolidarse otra percepción: la de una política que ha optado por la prudencia y la mesura frente a una confrontación cada vez más agresiva.
Y esa diferencia de comportamiento también pesa en la opinión pública.
Mientras algunos grupos apuestan por la descalificación permanente y la confrontación interna, Ana Lilia Rivera ha preferido sostener un discurso de unidad, continuidad del movimiento y lealtad al proyecto nacional encabezado por Claudia Sheinbaum. Esa actitud le ha permitido aparecer ante muchos ciudadanos como una figura con mayor madurez política y capacidad de conducción.
La lectura política es clara: quien se sabe competitivo no necesita incendiar el tablero.
Por eso los ataques seguirán creciendo. Porque en política, la guerra sucia suele intensificarse justamente contra quien más posibilidades tiene de llegar.
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