ICE, el miedo y el tablero invisible de las elecciones intermedias
El café como ritual de control
El café de la mañana no es un gusto; es un método. La vieja cafetera italiana burbujea, amenaza con derramarse, y uno aprende a leer el caos antes de que se desborde. Así funciona la política cuando se acerca noviembre: no avisa con estruendo, se filtra en los gestos mínimos, en los silencios, en la gente que deja de aparecer.
Estados Unidos entra al ciclo de elecciones intermedias con un ruido de fondo engañoso. Las encuestas discuten márgenes, liderazgos, fatigas. Pero el conflicto real se cocina en otro lado. No en la frontera, no en los discursos, sino en el territorio cotidiano de las ciudades que prometieron santuario y hoy transmiten incertidumbre. ICE no es el tema central del debate público; es el dispositivo que altera la rutina y, con ella, la política.
Desde la narrativa política sabemos que las sociedades no reaccionan a políticas públicas, sino a experiencias. Y la experiencia que se instaló en barrios urbanos y latinos es clara: el refugio dejó de sentirse seguro. Ese quiebre no surge de la nada; se amplifica cuando incluso las voces históricas del establishment demócrata se ven obligadas a hablar, no para desmontar la institución, sino para advertir que algo se ha salido del cauce.
La fractura de la hegemonía urbana
Gramsci insistía en que la hegemonía se sostiene cuando el poder logra que su orden parezca natural. Eso es justo lo que se rompió. Las redadas visibles de ICE no solo cuestionan la política migratoria federal; erosionan la autoridad simbólica de alcaldes, concejales y estructuras demócratas urbanas que durante años administraron la idea de protección.
Aquí el framing es decisivo. El encuadre ya no es “inmigración versus ley”, sino “orden estatal versus caos vecinal”. En ese marco, el miedo no se convierte automáticamente en voto opositor. Se convierte en abstención, sobre todo entre jóvenes latinos que ya venían cargando desconfianza y fatiga política.
Este giro se vuelve más profundo cuando figuras como Barack Obama, Bill Clinton y Hillary Clinton rompen el silencio público tras los hechos de Minneapolis en enero de 2026. Sus palabras no piden abolir ICE; hacen algo más delicado: ponen en duda la legitimidad moral de ciertas tácticas. Hablan de “tragedia”, de “exceso”, de una escalada que amenaza valores básicos. Eso, en términos hegemónicos, es una grieta seria: cuando los arquitectos del orden anterior señalan que el orden ya no se reconoce como propio.
Desde el ajedrez político, la jugada sigue siendo de bloqueo. Los republicanos no necesitan conquistar el centro ideológico; les basta con inmovilizar piezas clave del voto duro demócrata urbano. ICE, actuando de forma visible, eleva el costo de participar. No persuade; inhibe.
Guerra sin combate: ritmo, instituciones y desgaste
Sun Tzu advertía que la guerra se gana cuando el enemigo pierde el ritmo. Aquí no hay tanques ni decretos excepcionales; hay operativos que convierten el espacio civil en escenario de amenaza. Es guerra cognitiva aplicada al territorio.
Cada redada visible obliga a las organizaciones comunitarias a pasar a la defensiva. A gastar energía en protección, no en movilización. A explicar, no a convocar. El tiempo corre y el calendario electoral no espera. En términos de juego político, esto es ventaja posicional: llegar a noviembre con el adversario cansado y dividido.
Maquiavelo lo habría dicho sin rodeos. El príncipe que no garantiza seguridad pierde autoridad, aunque conserve el cargo. Y la seguridad aquí no es solo física; es seguridad para existir políticamente. Poder ir a votar sin sentir que uno se expone.
Aquí aparece la paradoja histórica que alimenta el desconcierto. Obama gobernó el periodo de mayor número de deportaciones en décadas. Bill y Hillary Clinton defendieron, en su tiempo, la aplicación estricta de la ley migratoria. La agencia ICE, creada en 2003 tras el 11-S, fue parte de un consenso bipartidista de seguridad nacional. Por eso, cuando hoy esas mismas figuras critican tácticas “agresivas y antagonistas”, el mensaje implícito no es progresista radical: es institucional. Están diciendo que el problema no es la existencia de ICE, sino su uso como arma política de desgaste.
En X y en el debate público, esa contradicción se lee como hipocresía. En el territorio, se lee como algo peor: desorden en la cadena de mando moral. Para muchas comunidades, ICE, el gobierno federal y el poder local se confunden en una sola imagen de lejanía. En política, esa percepción pesa más que cualquier precisión jurídica.
Trump entiende esta lógica mejor que muchos analistas. No compite por ampliar consensos; compite por asimetrías de participación. Juega a que su base llegue intacta y la del adversario, mermada. No busca ganar el relato completo; le basta con desordenar el tablero.
La paradoja de noviembre
Noviembre se acerca con una paradoja incómoda. Las encuestas dicen que Trump pierde, que su techo electoral está ahí, que el cansancio lo alcanza. Y, sin embargo, juega rudo. No para subir en los sondeos, sino para inmovilizar al adversario. Esa es la jugada fina que muchos no quieren ver.
En el tablero, Trump no busca convencer al centro; administra fricciones. Usa a ICE no como política pública virtuosa, sino como instrumento de bloqueo. Cada operativo visible eleva el costo de aparecer, desordena rutinas, fractura confianzas locales. El resultado no es una estampida hacia el voto republicano; es algo más eficaz en intermedias: la ausencia del voto duro demócrata urbano y latino, cansado, temeroso, confundido por una institucionalidad que no lo protege con claridad.
Los demócratas, atrapados entre la defensa moral y el cálculo moderado, no han encontrado respuesta estratégica. Tienen argumentos, tienen razón normativa, pero no tienen control del ritmo. En guerra —diría Sun Tzu— perder el tempo es perder la ventaja. En ajedrez, permitir que te claven piezas es aceptar jugar sin movimientos.
Así, aunque noviembre pinte adverso para Trump en el papel de las encuestas, su estrategia no apunta al marcador previo, sino al día D: llegar con el rival cansado, dividido y con menos gente dispuesta a salir. Maquiavelo lo resumiría sin rodeos: no basta con parecer justo; hay que parecer capaz de proteger. Hoy, esa apariencia le falta a los demócratas en el territorio.
Si nada cambia, veremos la escena conocida: titulares de derrota anticipada para Trump y, al mismo tiempo, demócratas inmovilizados frente a una estrategia de ICE que nadie quiso —o supo— neutralizar. Y entonces, como tantas veces en elecciones intermedias, no ganará quien tenga más encuestas, sino quien logró que el otro no llegara a la urna.
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