La medalla de la discordia en Apizaco

La medalla de la discordia en Apizaco

La inconformidad que comienza a manifestarse en Apizaco por la designación de la Medalla al Mérito “Emilio Sánchez Piedras” revela un problema que va más allá de la persona que será reconocida y que tiene que ver con una práctica cada vez más frecuente en la vida pública: Convocar a la participación de distintos sectores para después actuar como si esa participación hubiera sido meramente decorativa.

Diversas organizaciones culturales y sociales que históricamente han formado parte de la vida comunitaria del municipio respaldaron una propuesta distinta a la que finalmente fue avalada por el gobierno de Javier Rivera Bonilla.

El Jardín del Arte, el Grupo La Mexicana, el Club de Leones y el Círculo Literario, entre otros actores, construyeron una posición que, según afirman sus propios integrantes, representaba un consenso más amplio que el alcanzado por la candidatura que terminó imponiéndose.

Lo que hoy genera el malestar ciudadano no es solamente el resultado, sino la sensación de que el proceso terminó respondiendo más a un interés particular que al criterio colectivo que se suponía debía orientar la decisión.

Las versiones que circulan entre quienes participaron en las deliberaciones coinciden en señalar que la postura impulsada por el cronista Mario Bojalil Bojalil encontró beneficio personal en la administración municipal, mientras otras propuestas respaldadas por organizaciones con larga presencia en Apizaco fueron quedando al margen de la discusión.

Aquí conviene detenerse en un nombre que merece figurar en el centro de este debate, no en sus márgenes, el de María Teresa Meneses Salado. Originaria de Apizaco, profesora de idiomas, escritora, gestora cultural y una de las voces más constantes en la preservación de la historia y la identidad local.

Quienes conocemos de la trayectoria de Meneses Salado, sabemos que reúne una trayectoria que difícilmente podría construirse por decreto o por amistad, tiene más de cinco años de colaboración en la radio con la sección Los Grandes Apizaquenses; dos años en el periódico digital Periódicoya.com de mi colega y amigo poblano, Jesús Contreras, donde difunde la cultura de Puebla y Tlaxcala; su participación activa en Exclusivas Tlaxcala; la coordinación de Cultura en la Administración Municipal de Apizaco entre 2008 y 2011; la fundación y dirección del Espacio Cultural Independiente La Casa de los Cien Años; y el honor, nada menor, de haber sido la primera mujer presidenta del Círculo Histórico y Literario de Apizaco Lic. Miguel N. Lira.

A ello se suman tres reconocimientos institucionales en los últimos cinco años: la Presea Eva Martínez Sánchez en 2020, la Presea José Arámburu Garreta que otorga el Congreso del Estado en 2023, y el Reconocimiento como Creadora Emérita en el marco del Programa de Estímulo a la Creación en 2024; además del reconocimiento a su trayectoria otorgado por el Instituto Municipal de la Mujer en 2025. Ha publicado tres libros —Toda una Vida, La Casa de los Cien Años y Apizaco: Del sueño a la Realidad— que son, cada uno, un acto de amor documentado hacia el municipio que la vio nacer.

¿Qué más se le puede pedir a una persona para ser considerada merecedora de una distinción que lleva el nombre de Emilio Sánchez Piedras, cuyo propio legado se construyó desde la dignidad ciudadana y el servicio a la comunidad?

Sin embargo, la propuesta que la postulaba fue silenciada y el espacio que debió ocupar su nombre terminó siendo ocupado por otra candidatura, cuya ruta hacia el reconocimiento, a diferencia de la de Meneses Salado, no parece haberse trazado desde la acumulación de méritos ciudadanos, sino desde los pasillos de la influencia.

Las versiones que circulan en los corrillos de la vida pública apizaquense apuntan en una dirección incómoda pero necesaria de nombrar, Mario Bojalil Bojalil no habría impulsado esa candidatura movida por un juicio cultural desinteresado, sino por una razón más prosaica y más antigua, el compadrazgo con Héctor Maldonado Villagómez, cuyo nombre es el que habría gravitado detrás de la candidatura que finalmente prosperó.

Si eso es cierto —y las coincidencias son demasiadas para descartarlo como rumor— entonces el problema no es solo procedimental, es ético y eso debería tenerlo muy claro Javier Rivera Bonilla.

Porque una medalla que honra la trayectoria ciudadana no puede nacer de una negociación entre compadres, porque cuando la lealtad personal suplanta al mérito colectivo en los procesos de reconocimiento público, el daño no se limita a quien fue excluida; alcanza también a quien fue favorecido, porque su distinción quedará marcada, desde el inicio, por la sombra de la duda y hasta de la corrupción.

El problema para Javier Rivera es que la controversia desplaza el foco de atención, la conversación ya no gira alrededor de los méritos de quien recibirá la medalla ni sobre el legado de Emilio Sánchez Piedras, sino sobre la legitimidad del procedimiento que condujo a la selección.

Y si eso ocurre, el reconocimiento perderá su significado, porque abandonará el terreno de los merecimientos para instalarse en el de los compadrazgos.

No deja de resultar paradójico que una distinción creada para honrar trayectorias termine provocando divisiones entre los mismos sectores que durante años han contribuido a preservar la vida cultural del municipio.

La situación resulta todavía más delicada porque varias de las organizaciones inconformes no son actores ocasionales ni grupos surgidos al calor de una coyuntura política, forman parte de la historia social de Apizaco de las que muchos hemos sido testigos y que han participado durante décadas en actividades culturales, educativas y comunitarias desde un enfoque meramente altruista y desinteresado.

Y en medio de todas ellas, silenciada pero presente, está una mujer que dedicó su vida a Apizaco sin esperar otra recompensa que el reconocimiento que, paradójicamente, hoy se le niega.

Quizá el error consista en asumir que la consulta otorga legitimidad por sí misma. En realidad ocurre exactamente lo contrario. La consulta solamente genera confianza cuando quienes participan perciben que sus opiniones son consideradas de manera genuina y que las decisiones finales responden a criterios transparentes. De otra forma, los ejercicios de participación terminan convertidos en rituales burocráticos cuyo único efecto es multiplicar el desencanto. Y cuando el proceso es conducido, además, por quienes tienen intereses personales en el resultado, el ritual se convierte en algo peor: en una simulación de democracia cultural al servicio del clientelismo.

Por ello no debería sorprender que existan voces dispuestas a expresar públicamente su desacuerdo durante la ceremonia de entrega. Cuando los consensos se rompen en privado, las inconformidades suelen buscar espacios públicos para hacerse visibles, especialmente cuando quienes se sienten excluidos consideran que agotaron previamente las vías institucionales.

La discusión que hoy se abre en Apizaco tampoco debería reducirse a una polémica circunstancial.

Lo ocurrido obliga a revisar los mecanismos mediante los cuales se otorgan los reconocimientos públicos y a preguntarse si éstos responden realmente a procesos incluyentes o si terminan reflejando la capacidad de influencia de determinados actores sobre las decisiones gubernamentales.

En ese examen, el perfil de María Teresa Meneses Salado debería funcionar como parámetro de referencia, una trayectoria construida artículo a artículo, libro a libro, taller a taller, sin más aval que el de la comunidad que durante décadas ha sido su testigo y su destinataria.

Porque las medallas tienen valor por aquello que representan, no por el metal del que están hechas y cuando la sociedad comienza a cuestionar la forma en que se asignan —cuando ve que el compadrazgo puede más que el currículum, que la influencia de un cronista pesa más que el consenso de varias organizaciones, que el perfil ciudadano auténtico pierde frente al perfil más conectado— el prestigio que se intenta reconocer queda atrapado entre las dudas que dejó el procedimiento. Y esas dudas, una vez sembradas, no desaparecen con ninguna ceremonia y sea dicho Sin Reservas, Javier Rivera debería saberlo.

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