La muerte de Sánchez Anaya: el espejo donde Tlaxcala ve su propia miseria moral
Falleció el exgobernador Alfonso Sánchez Anaya. Y veo con asombro —y mucha tristeza— cómo redes sociales, periodistas, medios de comunicación, el gremio entero e incluso antiguas pero sobre todo actuales contrapartes políticas inundan todo con mensajes de elogio, reconocimiento, honestidad y grandeza humana. Un legado que hoy se alaba sin medida, porque solo la muerte lo hizo posible.
No todos. Los hay genuinos, los hay que guardaron silencio porque también les incomodó lo que veían. Los hay que criticaron en vida con la misma honestidad con que hoy reconocen. Esta columna no habla de ellos. Habla de los otros. De los que ayer atacaban y hoy abrazan. De los que usaron cada error como arma y hoy usan cada virtud como escudo. Al que le quede el saco, que se lo ponga.
Durante años lo despedazaron, le señalaron cada error, le negaron méritos y lo atacaron sin descanso —incluso hoy, con su hijo buscando la gubernatura, las críticas no se detuvieron—. Pero basta que llegue la muerte para que todos se disfracen de respeto y nos vendan la imagen del gran político honesto; basta que llegue la muerte para que todos olviden lo que dijeron y se apresuren a escribir panegíricos que jamás pronunciaron en vida.
Qué dura realidad: en Tlaxcala —y en nuestra actualidad— parece que hay que morir para ser reconocido, para ser llamado honesto, para ser abrazado, para ser visto como bueno.
Mientras respiras, te pesan hasta los errores más pequeños; sólo cuando realmente te vas, rescatan tus virtudes. Mientras estás aquí, te pesa hasta el más mínimo fallo; cuando te vas, de repente te conviertes en un ser intachable. Atacan en vida, pero idolatran en muerte. ¿De qué sirve tanto elogio póstumo si no fueron capaces de valorar, respetar o incluso escuchar en vida?
Como humano y parte de esta sociedad, esto me indigna profundamente.
Alfonso Sánchez Anaya murió el domingo 26 de julio a los 85 años. Primer gobernador de oposición en Tlaxcala, el hombre que en 1998 rompió décadas de dominio priista y abrió la primera alternancia en la historia política del estado. Eso es un hecho. Eso es historia. Y merece reconocerse.
Pero hay otra historia que también ocurrió ayer, y esa no sale en los boletines de condolencias.
Ayer, en cuestión de horas, las redes sociales de Tlaxcala se llenaron de fotografías, mensajes de despedida y homenajes. Periodistas que lo cuestionaron. Políticos que lo señalaron. Contrapartes que lo combatieron. Partidos que lo enfrentaron. Todos, sin excepción, publicando su foto, recordando sus logros, hablando de su legado con una calidez que nunca tuvieron cuando él podía escucharla.
Y uno se queda pensando: ¿dónde estaban esas palabras mientras vivía?
La muerte como absolución que nadie pidió
Hay algo profundamente incómodo en la forma en que la política mexicana procesa la muerte de sus actores. En vida: el señalamiento, la crítica, el ataque, la descalificación. En muerte: el abrazo, el reconocimiento, la foto en blanco y negro y el mensaje de "gran servidor público". Como si el hecho de morir borrara de golpe todo lo que se dijo, todo lo que se hizo y todo lo que se dejó de hacer.
Alfonso Sánchez Anaya no fue un político sin historia. Fue el primer gobernador de alternancia de Tlaxcala, sí. Impulsó infraestructura, fortaleció instituciones, dejó una huella real en la historia del estado. Eso nadie lo puede quitar. Pero también fue señalado en su momento por intentar heredar la silla a su esposa. También fue criticado por episodios que en su tiempo generaron controversia. También tuvo adversarios que no le perdonaban nada.
Y hoy esos mismos adversarios publican su foto.
No es hipocresía nueva. Es un patrón tan viejo como la política misma. Pero que sea viejo no lo hace menos cruel, ni menos revelador de cómo funciona realmente el reconocimiento en este país: no cuando lo mereces, sino cuando ya no puedes reclamarlo.
Lo que nos dice el silencio de antes
Qué difícil es entender que tengas que morirte para que hablen bien de ti. Que mientras estuviste en vida nunca se cansaron de señalar tus errores, de apuntar a tus contradicciones, de usarte como argumento político cuando convenía. Y que en el momento en que ya no puedes defenderte ni responder, de repente todos recuerdan lo bueno que hiciste.
Eso no es reconocimiento. Es comodidad.
Es mucho más fácil hablar bien de alguien que ya no está que haberle reconocido algo en vida, cuando ese reconocimiento tenía un costo político real. Cuando decir "este hombre hizo algo importante" implicaba cederle terreno, compartir protagonismo o simplemente admitir que el adversario también tenía razón en algo.
En muerte, el reconocimiento no cuesta nada. En vida, cuesta todo.
El legado que nadie construyó en vida
Hay otro ángulo de esta historia que vale la pena nombrar y que tiene que ver directamente con el momento político que vive Tlaxcala: Alfonso Sánchez Anaya murió exactamente cuando su hijo Alfonso Sánchez García busca la gubernatura del estado. El mismo cargo que él ocupó. La misma silla que en su momento intentó dejar a su esposa.
Hoy su muerte se convierte inevitablemente en un elemento del proceso político. Los mensajes de condolencia de quienes compiten contra su hijo tienen un doble filo que todos entienden aunque nadie lo diga explícitamente. Y los que lo apoyan tienen ahora un peso emocional adicional que ninguna encuesta puede medir.
Eso no es un juicio. Es la realidad de morir en medio de una contienda política donde tu apellido es al mismo tiempo legado y candidatura.
Lo que Tlaxcala debería aprender de este domingo
Tlaxcala perdió ayer a uno de los hombres que definieron su historia política reciente. Eso es real y merece respeto genuino, no el respeto de conveniencia que llega con la noticia de la muerte y desaparece cuando el siguiente ciclo de noticias lo desplace.
Pero si algo debería dejarnos este domingo es una pregunta incómoda para todos los que hoy publican fotos y escriben homenajes: ¿por qué esperamos a que alguien muera para decirle lo que valía?
¿Por qué en vida la crítica es tan fácil y el reconocimiento tan caro? ¿Por qué la muerte se convierte en el único momento en que nos permitimos ver a las personas completas, con sus logros y sus errores, en lugar de usarlas como argumento para lo que nos conviene en ese momento?
Alfonso Sánchez Anaya dedicó más de cinco décadas al servicio público. Tuvo aciertos que cambiaron la historia de Tlaxcala y tuvo contradicciones que sus adversarios nunca le perdonaron. Hoy ya no está para escuchar ni los homenajes ni las críticas.
Eso tendría que hacernos pensar. No solo en él. En todos los que hoy publican su foto. Y en lo que somos capaces de decir en voz alta cuando todavía importa decirlo.
Porque el reconocimiento que llega después de la muerte no es para quien murió. Es para quien lo da. Para limpiar conciencias, para quedar bien, para aparecer en la foto correcta en el momento correcto.
Y eso, en Tlaxcala o en cualquier lugar, no es honrar a nadie. Es honrarse a uno mismo a costa de quien ya no puede responder.
¿Acaso la muerte es el único filtro que nos limpia la vista? Qué triste verdad: aquí nadie es capaz de ver la humanidad hasta que ya no hay vida. ¿Cuánto daño nos hace esta dinámica para que solo la muerte nos haga dignos de respeto? Parece que existe un decreto silencioso: solo el fallecido tiene derecho a su inocencia.
Victoria Aburto | CONTRACARA
MX en la Noticia | Julio 2026
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