La naturaleza nos advierte: ¿vamos a escuchar?

La naturaleza nos advierte: ¿vamos a escuchar?

En el Pacífico occidental, el supertifón Champi alcanzó vientos extraordinarios. Aunque ocurrió a miles de kilómetros de México, su fuerza nos coloca frente a una realidad que ya no admite indiferencia: los fenómenos meteorológicos extremos pueden volverse más destructivos en un planeta que sigue calentándose.

Durante décadas, la humanidad ha consumido combustibles fósiles, destruido bosques, contaminado mares y transformado ciudades sin considerar suficientemente sus consecuencias. Hoy conocemos el resultado: la temperatura del planeta aumenta, los océanos acumulan calor y la atmósfera retiene más humedad. Son condiciones que pueden alimentar huracanes más intensos y lluvias extraordinarias.

Conviene ser precisos: no significa que cada año existan más huracanes ni que todos sean necesariamente más poderosos. La ciencia advierte, sin embargo, que el calentamiento favorece mayores precipitaciones y eleva el riesgo de ciclones extremadamente intensos. El aumento del nivel del mar agrava, además, las inundaciones costeras.

Sería un error pensar que este problema pertenece solamente a Filipinas o a las poblaciones frente al océano. En Querétaro conocemos las consecuencias de las lluvias torrenciales, la pérdida de áreas verdes, la presión sobre el agua y el crecimiento urbano que invade espacios naturales. El cambio climático multiplica vulnerabilidades que nosotros mismos hemos creado.

Si mantenemos nuestros hábitos, las próximas generaciones podrían enfrentar sequías más severas, inundaciones más dañinas, temperaturas extremas, pérdidas agrícolas y mayores dificultades para garantizar el agua. Quienes menos recursos tienen suelen pagar el precio más alto, aunque sean quienes menos contribuyeron al problema.

Frente a ello, debemos abandonar la cómoda idea de que nuestra conducta individual no importa. Importa lo que consumimos, la energía que desperdiciamos, el agua que derrochamos, los residuos que generamos y los árboles que dejamos de cuidar. Pero también importa exigir a gobiernos y empresas políticas serias de transición energética, protección de ecosistemas y ordenamiento territorial.

Cuidar el planeta no es una moda ni una bandera partidista. Es un deber compartido de responsabilidad con la familia, la comunidad y las generaciones venideras.

No podemos impedir que haya huracanes. Sí podemos contribuir a frenar el calentamiento que incrementa sus riesgos y construir ciudades mejor preparadas.

La pregunta es sencilla: ¿qué estamos dispuestos a cambiar hoy para que mañana nuestros hijos no tengan que elegir entre abandonar su tierra o vivir permanentemente expuestos al desastre?

La naturaleza está enviando señales. Nuestra indiferencia también sería una decisión. Y sus consecuencias no las sufriríamos únicamente nosotros: las heredarían nuestros hijos y nietos.

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