La victoria que abre el abismo
«Corta la cabeza de la Hidra y dos más brotarán en su lugar.» — Hidra de Lerna, mito griego clásico (paráfrasis popular)
Matar al jefe es la pregunta más fácil. La difícil es qué viene después.
Ayer, 22 de febrero de 2026, México despertó con una noticia que llevaba quince años esperando y temiendo a partes iguales. Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, fue abatido por fuerzas federales en el municipio de Tapalpa, Jalisco. Antes de que el país pudiera procesar la magnitud del golpe, la respuesta llegó desde las calles: narcobloqueos, vehículos incendiados, comercios saqueados, aeropuertos cerrados, clases suspendidas en cinco estados. México celebró y tembló al mismo tiempo.
Conviene, antes de dejarse llevar por los titulares, hacer una pausa. Porque lo que ocurrió hoy en Tapalpa no es el final de una historia; es, con toda probabilidad, el comienzo de una más complicada.
El operativo y sus lecturas
La Sedena confirmó que la operación contó con colaboración de Estados Unidos: inteligencia complementaria, geolocalización, seguimiento de comunicaciones. Christopher Landau, subsecretario de Estado norteamericano, celebró el resultado en redes sociales con una frase que sintetiza, con involuntaria elocuencia, el dilema político que heredará Claudia Sheinbaum: “Este es un gran avance para México, EE.UU., América Latina y el mundo.”
El mayor logro de seguridad de cualquier gobierno mexicano en décadas lleva impresa, en la firma, la huella digital de Washington. Para una izquierda que construyó buena parte de su identidad sobre la soberanía nacional, esa es una incomodidad que no desaparece con la foto del operativo. El éxito es real. La dependencia también. Y Washington, que ya designó al CJNG como organización terrorista en febrero de 2025, pedirá más: extradiciones aceleradas, operaciones conjuntas contra el Cártel de Sinaloa, profundización de la cooperación en inteligencia. El precio de esta victoria se pagará en cuotas.
Pero el problema más urgente no es diplomático ni narrativo. Es territorial.
El cártel no muere; muta
La respuesta del CJNG fue simultánea, multiestatal y activada en cuestión de horas: narcobloqueos en Jalisco, Michoacán, Colima, Guanajuato, Tamaulipas; vehículos incendiados en autopistas federales; sucursales bancarias vandalizadas; el Mercado de Abastos de Guadalajara cerrado; el tren ligero paralizado; vuelos cancelados.
Aproximadamente veinte sucursales del Banco del Bienestar en Jalisco registraron daños.
Esa respuesta merece leerse con cuidado. No es caos. Es doctrina. El cártel utilizó el cuerpo social como rehén: cierra el abasto, paraliza el transporte, incendia lo visible, manda el mensaje. Y lo hace sin Mencho. Eso es precisamente lo que lo hace inquietante.
El CJNG que Oseguera Cervantes construyó durante quince años no era una organización piramidal cuya cabeza lo era todo. Era, en su madurez, una estructura descentralizada con capacidades de mando distribuidas, financiamiento diversificado —fentanilo, extorsión, huachicol, minería ilegal, aguacates—, e infraestructura militar sin precedente entre los cárteles latinoamericanos. No se desmonta con un operativo, por brillante que sea.
La experiencia comparada es brutal en su consistencia: la decapitación de una organización criminal de esta escala no produce su colapso sino su metamorfosis. “El Chapo” cayó en 2016. El Cártel de Sinaloa siguió operando, se fracturó, y la violencia en sus territorios aumentó. La lección está escrita con sangre en Sinaloa, en Tamaulipas, en Michoacán: eliminar al líder desata la guerra de sucesión, y las guerras de sucesión cuestan más vidas civiles que la estabilidad criminal previa.
El vacío como amenaza
El escenario más probable en las próximas semanas no es la derrota del CJNG sino su fragmentación. Cuando una organización de esa magnitud pierde la figura que concentraba el poder de arbitraje interno, las facciones regionales empiezan a competir por las plazas.
La violencia deja de ser instrumental —orientada al negocio— y se vuelve expresiva: ataques para demostrar poder, para reclutar, para disciplinar. Las víctimas de esa fase son, invariablemente, civiles.
Jalisco no puede permitirse ese escenario. Es la segunda economía del país. Y en cuatro meses, Guadalajara y Puerto Vallarta son sede del Mundial de fútbol. La imagen de México que el mundo recibirá ese verano puede dibujarse desde hoy o desde el caos de las próximas semanas. No hay término medio. Un atentado de baja intensidad durante el torneo, un narcobloqueo con turistas atrapados, una alerta de viaje emitida por Washington en plena Copa del Mundo: cualquiera de esos escenarios cancela diez años de diplomacia turística.
Lo que el gobierno tiene que demostrar
El gobierno de Sheinbaum tiene ahora una ventana que se cierra con rapidez. El operativo le da capital político real, pero ese capital se devalúa por horas si la violencia continúa sin respuesta visible. Hay que restablecer el transporte, reabrir los nodos de abasto, despejar las carreteras. Hay que ocupar, con presencia del Estado, los territorios donde el vacío de poder puede volverse permanente. Y hay que hacerlo sin que Washington dicte el ritmo ni la narrativa.
La trampa está en confundir el golpe táctico con la victoria estratégica. México lleva tres décadas atrapado en esa confusión. Cae un capo, suenan las campanas, la prensa habla de punto de inflexión, y tres meses después el mapa criminal luce igual o peor. No porque los operativos fallen, sino porque los operativos resuelven una pregunta equivocada.
La pregunta que importa no es cómo se mató a Mencho. Esa, con sus costos y sus méritos, ya tiene respuesta. La pregunta que importa es si México tiene capacidad —institucional, política, estratégica— para evitar que los veinte líderes que vendrán sean más fragmentados, más violentos y menos visibles que él.
La Hidra no muere. Aprende.
Hoy es un día histórico. También es el inicio del problema.
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