Noroña desactiva bronca política en Tlaxcala

Noroña desactiva bronca política en Tlaxcala

Gerardo Fernández Noroña no suele pasar desapercibido. Su política es el ruido, la provocación, el golpe frontal.

Por eso llamó la atención que, en Tlaxcala, eligiera otra cosa: El control.

Frente a la insistencia de reporteros que buscaban arrancarle una descalificación directa contra Alfonso Sánchez y sus presuntas aspiraciones adelantadas, Noroña decidió no morder el anzuelo.

Reconoció algo elemental pero incómodo para los ansiosos, “la promoción de perfiles es parte natural de la vida democrática” les sorrajó en la cara.

“Siempre —subrayó— que no se crucen líneas éticas ni se usen recursos públicos para proyectos personales”. Con eso bastó. Cerró la puerta al escándalo sin necesidad de dar portazo.

Cuando alguien como Noroña baja el volumen, no es moderación moral, es lectura política.

En un contexto donde cualquier palabra puede alimentar la narrativa de ruptura interna, el expresidente del Senado optó por no convertirse en combustible. No porque no pudiera, sino porque no le convenía al proyecto. Ni al suyo, ni al colectivo.

La estridencia, esta vez, no fue protagonista y en esa contención hay un mensaje bien clarito por si no les ha caído el veinte: Las disputas internas no siempre se ganan gritando, a veces se desactivan dejando sin eco al ruido y eso a veces, también es simpatía hacia algún proyecto.

Las declaraciones de Noroña fueron un recordatorio de que el poder también se ejerce sabiendo cuándo no hablar.

Así, sin aspavientos, Noroña mostró una faceta menos rentable para el espectáculo que esperaban algunos, pero más útil para la gobernabilidad.

Y eso, aunque incomode a quienes quieren ver el mundo arder, se llama política.

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