Oposición en alquiler
Cuando Washington decide y la dignidad se queda sin agenda.
“Aquel que llega al principado con el favor de los demás y no por grandeza o virtud propia, no puede conservarlo firmemente ni con la ayuda de quienes lo llevaron allí” Maquiavelo
El café que no alcanza
Amanece y la vieja cafetera italiana insiste, como si su vapor quisiera advertir algo. El café sube lento. En las redes, los comunicados se suceden sin épica: no hay liberación de Venezuela, no hay transición, no hay promesas de cambio. Solo frases duras, secas, de esas que anuncian que el poder ha decidido sin pedir permiso a la oposición venezolana. La captura de Nicolás Maduro no abre una nueva era para Venezuela; desnuda una lógica vieja que hoy Donald Trump ejerce a cara descubierta. Pienso en la oposición mexicana que aplauden a Donald Trump, convencidos de que la historia les debe algo por haber celebrado. El café se sirve aguado. Como las estrategias que esperan que otro haga el trabajo político que uno no quiso hacer.
La sinceridad brutal del imperio y el error de la subordinación
Con el paso de las horas, el mensaje se vuelve inequívoco. Washington ya no se molesta en vestir la intervención con retórica democrática ni humanitaria. Bajo Donald Trump, la política exterior opta por la franqueza: entramos porque podemos, nos quedamos con lo que conviene y decidimos el orden político conforme a nuestros intereses. No hay defensa de la libertad ni del Estado de derecho, se acabó el narco estado; hay administración del poder y de los recursos naturales. Punto.
Para la oposición venezolana, el golpe no es solo político: es estratégico. Apostó a la externalización del conflicto —sanciones, reconocimientos, presión internacional— como sustituto de la construcción interna de fuerza. El desenlace es el que siempre llega cuando se renuncia a la hegemonía propia: la mesa de acuerdos se arma sin la oposición venezolana. No decides el tiempo, no defines el terreno, no conduces el mando. Te vuelves accesorio político de Washington.
Aquí conviene volver a Sun Tzu: confundir fuerza ajena con ventaja propia es una derrota anticipada. La doctrina —la capacidad de alinear a un pueblo con un proyecto— no se importa; se construye día a día. Sin hoja de ruta política, no hay disciplina; sin disciplina, no hay mando; sin mando, el terreno político lo decide otro. La oposición que se arrodilla pierde no por debilidad moral, sino por pereza estratégica.
El espejo es incómodo para el bloque opositor de derecha en México. Una parte de la oposición parece no haber aprendido nada. Se refugia en lavagenda de Washington, presume cercanías diplomáticas, celebra pronunciamientos que no controla. Juega al “tonto útil” creyendo que el tuit sustituye la agenda política y que el apoyo a Donald Trump reemplaza la legitimidad interna. No nos hagamos: eso no organiza base social, no emociona, no construye futuro. Expone dependencia de Washington.
A la luz de El arte de la guerra, la derecha mexicana pelea una mala guerra: no domina el terreno (abandonó la calle, lo local, lo municipal como fuerza de poder), no controla el tiempo (reacciona a agendas políticas a ajenas) y carece de doctrina (¿Qué proyecto de país une a la oposición más allá de “no AMLO” o “no Claudia?). Al sustituir estrategia por gesticulación digital y señales externas, se expone a tres riesgos inmediatos: desgaste prematuro antes de la batalla decisiva, fractura interna por falta de mando y pérdida del favor popular al aparecer subordinada. No es una derrota táctica; es una erosión lenta que deja al adversario avanzar sin resistencia real.
Rumbo a 2027, el riesgo de la oposición es evidente. Los mismos liderazgos, más viejos; las mismas ideas, más gastadas; la misma ausencia de calle y de organización. Se confunde visibilidad digital con construcción política. Se responde a la coyuntura sin narrativa madre. Se cree que el conflicto se gana con comunicados y no con presencia. Mientras tanto, el adversario tiene el poder, ocupa el terreno, fija la agenda política y administra el tiempo.
La sinceridad brutal de Washington deja una enseñanza adicional a la oposición mexicana: no hay aliados, hay intereses. Quien no entra en la estrategia estorba; quien entra sin fuerza propia, se vuelve prescindible. Apostar la oposición a ese juego es aceptar que el tablero lo mueva otro. Y cuando eso ocurre, no hay épica que alcance para explicar la derrota de la oposición en 2027.
Escena final
Cae la noche y la pantalla se llena de consignas. Las dirigencias del PAN y del PRI, junto con los referentes visibles de la marea rosa, compiten por repetir más rápido el guion que llega de Washington. Viven políticamente de gestos ajenos: una frase, un guiño, una señal de Trump. Se vuelven revolucionarios instantáneos en redes sociales, celebran durante horas, acumulan likes. Luego, el silencio los domina. La política real, los problemas ciudadanos, no los espera.
La escena es triste porque es evitable. Maquiavelo lo advirtió hace siglos: quien funda su poder en fuerzas ajenas cae cuando esas fuerzas cambian. Aún hay tiempo para que la oposición elija otra ruta: no seguir la agenda política prestada, volver al territorio, organizar conflicto con propósito, construir hegemonía propia. El café se enfría. Afuera, la ciudad sigue su ritmo. La pregunta obligada no es si Washington decidirá; la pregunta es si aquí las dirigencias del PAN y del PRI, junto con los referentes visibles de la marea rosa, están dispuestas a dejar de pedir permiso a Washington y asumir, por fin, el costo de hacer política en serio en México.
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