¿Quién acompaña a Ana Lilia?

¿Quién acompaña a Ana Lilia?

En política, no solo importan los discursos, importa, y mucho, quiénes los rodean.
Porque al final, los proyectos no se miden por lo que prometen, sino por las manos que los construyen.
El proyecto de Ana Lilia Rivera insiste en presentarse como una opción de transformación, de ruptura con las viejas prácticas. Sin embargo, cuando se revisa con lupa a algunos de los perfiles que lo acompañan, la narrativa comienza a hacer agua.
Ahí está José Antonio Álvarez Lima, señalado por decisiones administrativas altamente cuestionadas durante su paso por Canal Once: adjudicaciones directas millonarias y conflictos laborales que, aunque no derivaron en sanciones, dejaron un rastro de dudas difícil de ignorar.
O Blanca Águila Lima, cuya trayectoria reciente ha estado marcada por acusaciones de opacidad sindical y decisiones polémicas que generaron rechazo social, particularmente en temas sensibles como el trato a los animales.
En el caso de Minerva Hernández Ramos, existe incluso una sanción formal del Tribunal Electoral por vulnerar principios de equidad, un hecho que no puede minimizarse cuando se habla de respeto a las reglas democráticas.
Y si bien hay perfiles como el de María Ana Bertha Mastranzo Corona, cuya controversia fue estrictamente electoral y resuelta a su favor, o el de Pedro Pérez Lira, con señalamientos administrativos sin consecuencias legales, el conjunto no termina de construir una imagen de solidez ni de renovación.
Porque aquí no se trata únicamente de delitos comprobados. Se trata de confianza pública. De percepción. De coherencia.
¿Cómo sostener un discurso de cambio cuando quienes lo respaldan arrastran cuestionamientos —aunque no siempre judiciales— sobre su forma de ejercer el poder?
La política también es símbolo. Y rodearse de perfiles polémicos manda un mensaje claro: que la vara con la que se mide la congruencia puede ser bastante flexible.
Al final, el problema no es legal, es político.
Porque cuando un proyecto necesita explicarse demasiado para justificar a quienes lo integran, quizá el verdadero problema no es la narrativa…
sino la realidad.

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