Tlaxcala 2027: Las respuestas que no llegaron y lo que sí debemos exigir
La semana pasada esta columna hizo preguntas. Once aspirantes a gobernar Tlaxcala. Diez con trayectorias de cargo público, con presupuesto del pueblo entre las manos, con hojas de vida que los tlaxcaltecas financiaron desde sus impuestos. Y uno más, Concepción Sánchez, campesino de Xaloztoc, que llegó al World Trade Center visiblemente emocionado, con la voz entrecortada, a decir algo que ninguno de los otros diez dijo: "Mi bandera será el campo". Que prefería ahorrar lo que cualquier otro gastaría en campaña y promoción para comprarse un tractor y ponérselo a disposición de los productores de su distrito. "El campo necesita apoyo real, no discursos", dijo. Y se le quebró la voz.
A los diez con cargo y presupuesto les preguntamos lo mismo: ¿qué hiciste con lo que el pueblo te prestó? Les preguntamos por el Sindicato 7 de Mayo en Huamantla, por el empresario asesinado y el hermano detenido en Tulum, por el río que envenena comunidades, por el salario de 5,380 pesos con el que las familias tlaxcaltecas tienen que sobrevivir. A Concepción no le preguntamos nada. Él ya había respondido todo con una sola frase.
Esta semana llegó la respuesta.
El silencio.
No uno parcial, no uno tímido. Silencio total, redondo, unánime. Ninguno de los diez aspirantes con estructura y recursos respondió. Ninguno buscó rectificar, aclarar, defender su gestión con datos, explicar qué pasó con el presupuesto que administraron. Nada. El único movimiento fue el de siempre: seguir con la campaña, seguir con los actos, seguir con las fotos. Como si las preguntas nunca hubieran existido.
Y ese silencio, en política, no es una ausencia. Es una respuesta. La más clara de todas.
Cuando callar es confesar
En un estado donde la rendición de cuentas existe en el papel y se evade en la práctica, el silencio de los aspirantes esta semana dice más que cualquier conferencia de prensa que pudieran dar. Dice que no tienen respuesta cómoda que dar. Dice que prefieren que la pregunta se olvide a que la respuesta los comprometa. Dice que están apostando a que el ciclo de noticias siga girando y que la ciudadanía, ocupada en sobrevivir con 5,380 pesos al mes, no tenga tiempo ni energía para seguir exigiendo.
Esa apuesta no es nueva. Es la misma que ha funcionado en Tlaxcala durante décadas: cansarle al que pregunta, ignorarle al que denuncia, aislarle al que insiste. Y cuando eso no alcanza, descalificarle. Lo que le pasó a Raymundo Vázquez Conchas esta semana es ilustrativo: en cuanto salió a señalar presiones internas dentro de Morena, la maquinaria lo etiquetó como "el Judas de Tlaxcala". El mensaje para los demás es transparente: el que habla, paga. El que pregunta, se expone. El que exige, queda fuera.
Pero hay un problema con esa lógica: ya no funciona igual cuando las preguntas quedan escritas, firmadas y publicadas. El silencio frente a un cuestionamiento de la ciudadanía estatal, no lo borra. Lo confirma.
El mecanismo que reemplaza la rendición de cuentas
Esta semana Morena confirmó que serán dos encuestas las que filtren y definan al candidato o candidata entre los once registrados. Lo anunció Alfonso Sánchez García el 5 de julio como si fuera una garantía de transparencia. No lo es.
Una encuesta mide reconocimiento, no resultados. Mide a quién conoce la gente, no a quién ha gobernado mejor. En un estado donde Morena domina el 44% de la preferencia partidista y donde quien gana la coordinación interna prácticamente gana la gubernatura, el proceso de encuesta no es un mecanismo de rendición de cuentas ciudadana: es un mecanismo de selección de partido que sustituye al ciudadano en la decisión más importante que ese ciudadano debería poder tomar.
Dicho sin eufemismos: Tlaxcala 2027 no se va a decidir en las urnas. Se va a decidir en una metodología diseñada por el partido, aplicada por el partido, interpretada por el partido. El ciudadano tlaxcalteca solo aparece en la ecuación como número en una muestra estadística, no como protagonista de su propio futuro político.
Y aquí está la pregunta que esta semana nadie en la clase política tlaxcalteca quiere responder: si la encuesta va a decidir quién gobierna, ¿qué incentivo tiene cualquiera de los once para responder las preguntas incómodas que el pueblo les hace? Ninguno. Porque la encuesta no pregunta si sanearon el Zahuapan. No pregunta qué pasó con los trabajadores del Sindicato 7 de Mayo. No pregunta por el empresario asesinado en Huamantla. La encuesta pregunta un nombre. Y el que más veces aparece en los espectaculares —aunque el ITE ya le haya levantado un apercibimiento por eso— tiene ventaja.
Lo que no puede seguir igual
El cambio que Tlaxcala necesita no es de nombres. Es de lógica. Mientras la rendición de cuentas sea opcional, mientras el silencio frente a las preguntas no tenga consecuencias, mientras las encuestas midan fama en lugar de gestión, el próximo gobernador o gobernadora puede llamarse como sea y el resultado será el mismo: un estado que hereda los problemas del anterior porque nadie tuvo que responder por ellos.
Por eso esta columna no se queda solo en las preguntas. Esta semana avanzamos: esto es lo que los tlaxcaltecas tienen derecho a exigir, y esto es lo que debería ser condición mínima para cualquiera que aspire a la gubernatura.
Primero: que cada aspirante presente públicamente, antes de que arranque la encuesta, un informe de lo que hizo con cada cargo público que ejerció. No un discurso de campaña. Un informe. Con números. Con obra verificable. Con explicación de lo que no se logró y por qué. Si no pueden defender su gestión pasada, no tienen argumento para pedir la siguiente.
Segundo: que el proceso de encuesta incluya, además del reconocimiento de nombre, una evaluación de la gestión previa de los aspirantes. Que se le pregunte a la ciudadanía no solo "¿a quién conoces?" sino "¿qué sabes que hizo por Tlaxcala?". Esa diferencia cambia todo.
Tercero: que el ITE deje de solo "apercibirlos". Un apercibimiento a quien viola las reglas de campaña antes de que empiece la campaña no es sanción: es fotografía. Si las reglas de piso parejo que Morena firmó el 22 de junio tienen valor, que lo demuestren con consecuencias reales, no con papeles que nadie lee.
Cuarto: que la ciudadanía tlaxcalteca exija debates. No mesas de diálogo con moderadores del partido. Debates abiertos, con periodistas que hagan las preguntas que los operadores no harían jamás. Que cada aspirante tenga que responder frente a un micrófono por el río Zahuapan, por los trabajadores sin medicamento en el IMSS La Loma, por el salario que no alcanza, por Concepción Sánchez y su tractor.
El cambio que no es de nombres
Hay una frase que se repite cada seis años en Tlaxcala, como en casi todo México: "ahora sí va a ser diferente". Y cada seis años el estado despierta con los mismos problemas, administrados por caras nuevas con las mismas deudas pendientes.
La diferencia entre cambiar de nombre y cambiar de resultado es simple: el primero no requiere nada del aspirante, solo que gane. El segundo requiere que alguien le haya preguntado antes qué va a hacer diferente, que haya respondido con algo verificable, y que haya asumido que, si no lo cumple, habrá quien lo recuerde y quien lo publique.
Ese alguien que pregunta, que recuerda y que publica no vive en el partido. No vive en la encuesta. No vive en el ITE. Vive en el periodismo, en los medios de comunicación. Vive en la ciudadanía que no acepta que el silencio sea respuesta suficiente.
Mientras tanto, Concepción Sánchez —el único de los once que no tiene cargo que defender ni presupuesto que justificar— ya propuso algo concreto: no gastar en campaña y comprar un tractor para los productores de su distrito. Eso no es ingenuidad. Es la única propuesta de la semana que tiene nombre, precio y destino claro. Ninguno de los diez que llegaron y sobre todo, los que llegaron en camioneta con escolta pueden decir lo mismo.
La semana pasada hicimos las preguntas. Esta semana, el silencio nos dio la confirmación que necesitábamos. La semana que viene, seguiremos preguntando. Porque en Tlaxcala, como en cualquier estado que se respete, quien pretende gobernar primero tiene que aprender a responder.
Y si no aprende, que lo aprenda leyendo esta columna.
Victoria Aburto | CONTRACARA
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