Tlaxcala 2027: Once registros, una sola pregunta que nadie quiere responder

Tlaxcala 2027: Once registros, una sola pregunta que nadie quiere responder

El 22 de junio arrancaron en el World Trade Center de la Ciudad de México los registros de precandidatos a gubernaturas de Morena, PT y PVEM. El 27 le tocó el turno a Tlaxcala. Once personas levantaron la mano. Diez se presentaron en persona arropadas por simpatizantes, bandas y pancartas. Una se registró en línea. Y una más —Concepción Sánchez, ciudadana sin militancia— explicó con una honestidad brutal y desconcertante que fue a registrarse para pedirle a quien gane la gubernatura que le consiga un tractor para su comunidad.

No hay metáfora más exacta del momento político que vive Tlaxcala: mientras los aspirantes se fotografían en el WTC, hay gente que llega a ese mismo proceso a pedir lo más básico porque nadie se lo ha resuelto. Quieren que llueva votos y reconocimiento, pero no están dispuestos a lidiar con el barro del día a día. Y el barro en Tlaxcala tiene nombre, dirección y lleva décadas esperando.

La casa que van a heredar: sin filtros

Primero lo primero. Antes de analizar quién puede ganar, hay que decir en qué condiciones llega Tlaxcala a 2027, porque cualquiera que pretenda ese puesto debe entender que no viene a ser servido, sino a servir. Y no queremos otro Poncio Pilatos que llegue a la silla solo para lavarse las manos.

Tlaxcala todavía tiene el 40.8% de su población en condición de pobreza —mejoró desde el 52.5%, sí, pero 40 de cada 100 tlaxcaltecas siguen siendo pobres. El 58% carece de seguridad social. El 39% no tiene acceso real a servicios de salud. Y el rezago educativo, aunque bajó, sigue afectando a 14 de cada 100 personas. Esos no son números de una campaña política: son vidas reales en municipios reales de un estado que lleva décadas en la lista de las entidades con mayor vulnerabilidad social del país.

El Zahuapan —ese río que atraviesa el corazón industrial del estado— sigue siendo un asesino silencioso. La propia gobernadora Lorena Cuéllar tuvo que reconocer públicamente que Santa María Texcalac es un "foco rojo" por el incremento de enfermedades renales directamente vinculadas a la contaminación de sus aguas. Investigaciones científicas documentan metales pesados en la cuenca. Se firman convenios con Semarnat y Profepa, se hacen fotos y se habla del "modelo Tlaxcala" como referente nacional. Mientras tanto, en los municipios de la cuenca, la gente sigue tomando agua contaminada y enfermando. Si quieres que llueva reconocimiento federal, primero lidia con el barro de un río que envenena a tus vecinos.

La inseguridad creció. Las detenciones subieron 66% en el primer trimestre de 2026, pero la incidencia delictiva creció 20% en el mismo periodo. Más arrestos, más delitos. El narcomenudeo aumentó 267% en comparación con el año anterior. Y entre 69 y 71% de la población se siente insegura, por encima de la media nacional. Los operativos y las conferencias de prensa no bajan esa cifra.

El salario promedio mensual en Tlaxcala es de 5,380 pesos. Con eso viven las familias tlaxcaltecas. El comercio informal y la manufactura industrial absorben la mayor parte de la fuerza laboral, en condiciones de precariedad que los discursos sobre la transformación no han logrado resolver. La economía tlaxcalteca necesita diversificación productiva real, no solo maquiladoras que exportan a Estados Unidos y dejan salarios de subsistencia.

Ese es el estado real que recibirá el próximo gobernador o gobernadora. No una tarjeta de presentación, sino una factura con décadas de intereses acumulados.

Los once: el presupuesto no era suyo

Hay una pregunta que ningún registro de precandidato responde porque nadie la hace en voz alta: ¿qué hiciste con lo que el pueblo te prestó? No el cargo. No el título. El presupuesto. Los recursos públicos que pasaron por tus manos y que eran del pueblo tlaxcalteca antes de ser tuyos. Esa pregunta aplica para los once, sin excepción y sin jerarquías, porque en Tlaxcala todos tienen cola que les pisen.

Alfonso Sánchez García administró 1,700 millones de pesos anuales en obra pública como secretario de Infraestructura del estado, y desde la alcaldía capital ejecutó bacheo en calles, rehabilitación de luminarias, certificación ISO de la Tesorería y logró que el municipio entrara al grupo de los diez con mayor Índice de Desarrollo Humano del país según el PNUD. Eso está ahí y no se borra. Lo que tampoco se borra es que el ITE le impuso un apercibimiento por bardas y espectaculares con su nombre antes de que arrancara el proceso, que su esposa encabeza la dirigencia estatal de Morena, y que su apellido —hijo del exgobernador Sánchez Anaya, quien intentó dejar la silla a su propia esposa— llegó antes que él a cualquier municipio tlaxcalteca. Gobernar con toda la estructura detrás no es lo mismo que gobernar. Si quieres que llueva reconocimiento ciudadano, primero lidia con el barro de demostrar que puedes sin el apellido y sin la maquinaria.

Ana Lilia Rivera Rivera tiene 26 años en la política sin apellidos que la empujaran. Presidenta del Senado, primera mujer al frente de la Comisión de Defensa Nacional, impulsora de la Ley del Maíz Nativo que derivó en reforma constitucional —tema que toca directamente a los campesinos tlaxcaltecas—, 31 iniciativas legislativas, 163 votaciones sin una sola ausencia. Eso es trabajo real y así lo decimos. Pero Ana Lilia cometió el garrafal error de llamar estúpidos a los periodistas e idiotas a los ciudadanos, y antes de eso llamó "pinche loca" a una colega senadora en tribuna pública. En alguien con más de dos décadas de carrera eso no es un tropiezo —es un patrón de relacionamiento con quien la cuestiona. Y el patrón importa, porque gobernar Tlaxcala implica lidiar todos los días con gente que pregunta, que exige, que no está de acuerdo. El pueblo no olvida, el pueblo tiene memoria, y sin el pueblo ningún candidato es nada.

Carlos Augusto Pérez Hernández conoce las entrañas del sistema mejor que casi todos los demás en esta lista. Presidente municipal de Tepetitla, diputado local, diputado federal, líder estatal de Morena, hoy titular de FOMTLAX en el gabinete de Cuéllar. Tiene simpatía real en los territorios donde ha operado —eso no se finge— y una lectura política del estado que pocos igualan. 16 años en el PRI antes de cruzar a Morena en 2018. No es un defecto cambiar de partido. Es un defecto si uno cambia de camiseta sin cambiar de forma de gobernar. La pregunta que le sigue pendiente: ¿en cuál de todos esos cargos con presupuesto real dejó algo en Tepetitla, en su distrito, en el estado, que no hubiera sucedido igual sin él?

Raymundo Vázquez Conchas llegó a San Lázaro con 149 mil votos —los más altos de su generación en Tlaxcala—, gestionó 104 millones de pesos para carreteras del estado, impulsó la prohibición del maíz transgénico y presentó iniciativas para proteger migrantes. Cifras que hablan. Su cola también habla: su primer cargo de elección popular llegó cuando su cuñada Lorena Cuéllar alcanzó la gubernatura. Se ha deslindado públicamente de esa relación, pero la cronología no se deslinda sola. Y hay una pregunta que esos 104 millones para carreteras no responden todavía: ¿llegaron a los caminos rurales donde la gente de Xaloztoc necesita un tractor para trabajar, o se quedaron en las avenidas que ya tenían asfalto?

Irma Yordana Garay Loredo, diputada federal del PT, llegó al registro con su padre a un lado: Silvano Garay Ulloa, dirigente estatal del mismo partido, quien dejó su curul en el Congreso local para dedicar su tiempo a impulsar la carrera política de su hija. Morena firmó una convocatoria que prohíbe el nepotismo. El PT que la registra no firmó nada parecido, pero es el mismo bloque. La pregunta que no se le ha hecho directamente: ¿qué logro legislativo concreto puede presentar Irma Garay como fruto de su propio trabajo, no del apellido del padre ni de la estructura que él construyó?

Juan Salvador Santos Cedillo, alcalde con licencia —no exalcalde— de Huamantla, llega bajo las siglas del PVEM. Huamantla tiene peso real en el estado: manufactura activa, Feria de Agosto, municipio receptor de inversión privada. Si Santos Cedillo quiere hablar de gobernar Tlaxcala, la primera respuesta que debe dar no es un discurso sino un número: ¿en qué condición financiera, de seguridad y de servicios deja Huamantla cuando se va? ¿Porque bajo su administración, los trabajadores del Sindicato 7 de Mayo protestaron en las calles por quincenas recortadas, gastos médicos sin pagar y la amenaza de despido masivo, mientras él declaraba públicamente que sostenerlos era "insostenible". Y porque en febrero de 2024, el empresario huamantleco Jorge Montiel Alonso, "El Ranchero", fue secuestrado y asesinado —y su hermano, Jorge David Santos Cedillo, terminó detenido en Tulum como presunto involucrado en el crimen. La familia de la víctima tuvo que salir de Huamantla para ser escuchada, denunciando censura desde la propia presidencia municipal y amenazas de muerte desde el primer día. La calidad de un alcalde no se mide en las obras que inauguró. Se mide en lo que pasa en su municipio cuando nadie está mirando.

José Alejandro Aguilar López, diputado federal del PT, fue alcalde de Huamantla antes que Santos Cedillo. Se registró en línea, sin acto público, sin banda. La coherencia le exige responder la misma pregunta que a su sucesor: ¿qué dejó en Huamantla? Porque si Santos Cedillo tiene pendientes que resolver, y Aguilar gobernó antes, la cadena de responsabilidad no empieza en el último que llegó. Empieza donde se rompió algo y nadie lo arregló.

Héctor Bernardo Paredes Mora, Floria María Hernández Hernández y Vicente Emilio Ponce Cano llegaron sin estructura visible, sin cobertura mediática significativa y sin escolta. Los medios tlaxcaltecas apenas los mencionaron. La tentación es despacharlos con una línea, pero eso sería reproducir exactamente lo que la política institucional le hace a la gente común: ignorarla porque no tiene apellido ni presupuesto detrás. La pregunta que les corresponde a ellos es también la más honesta de toda esta lista: ¿por qué quieren gobernar Tlaxcala? No en discurso. No en slogan. ¿Qué tienen que ofrecer que ninguno de los otros ocho ha podido o querido resolver?

Y entonces llegó Concepción Sánchez.

Se rieron de él. Se convirtió en meme. Algunos medios lo usaron como nota de color en un registro que de por sí tenía poco de serio. Pero lo que Concepción Sánchez hizo ese 27 de junio en el WTC de la Ciudad de México fue el acto más honesto de toda la jornada, y merece decirse sin condescendencia: llegó solo, sin operadores, sin camioneta, sin banda de música, a decir en voz alta lo que la gente de Xaloztoc necesita. Un tractor. No soberanía nacional. No transformación. Un tractor para trabajar la tierra.

Que en Tlaxcala en 2026 un ciudadano tenga que registrarse para gobernador para que alguien le voltee a ver no es pintoresco. Es la cloaca que se esconde detrás de los discursos: décadas de presupuesto circulando entre los mismos círculos, mientras los campesinos de los 60 municipios siguen esperando lo básico. 

Que tengamos que llegar a ese extremo para ser escuchados no merece burla. Merece respeto, porque todos nos tenemos necesidades, pero no todos levantamos la voz, todos nos quejamos, pero no todos hacemos frente. Y merece que los diez aspirantes que llegaron ese día sobre todo los que llegaron con escolta se pregunten, en serio y sin pose, si están dispuestos a gobernar o solo están para la foto del poder. 

Que un ciudadano tenga que registrarse como aspirante a gobernador solo para pedir un tractor —algo que en cada campaña juran garantizar para el campo, para el trabajo, para la dignidad— no es una anécdota: es la prueba más cruda de la distancia inmensa que separa sus promesas de sus hechos. Y aquí va la pregunta:

¿Hasta dónde tenemos que llegar para que cumplan lo que prometen? ¿Es que acaso todos los tlaxcaltecas tendremos que inscribirnos como candidatos para que dejen de hablar de derechos y empiecen a resolverlos?

El gobierno de Cuéllar: entre el "modelo Tlaxcala" y la realidad del vecino

Lorena Cuéllar cierra su mandato con buena imagen mediática federal y con tensiones internas que no logra disimular. Los números de reducción de pobreza son reales y reconocibles: 121 mil personas salieron de esa condición entre 2022 y 2024. Eso no se puede negar ni minimizar. Pero esos mismos números muestran que 40 de cada 100 tlaxcaltecas siguen siendo pobres, que el 58% no tiene seguridad social y que la carencia de acceso a salud sigue siendo estructural.

El "modelo Tlaxcala" que la Semarnat alabó en junio existe en la foto. En la calle, el Zahuapan sigue oliendo mal y la gente sigue enfermándose. Si quieres que llueva aplausos federales, primero lidia con el barro de un río que lleva décadas siendo basurero industrial.

El mayor problema de su legado no es político, es de gestión: ¿en qué condiciones dejará la seguridad social, la salud pública, el agua, la infraestructura rural y la dignidad laboral de los tlaxcaltecas que ganan 5,380 pesos al mes? Esa es la pregunta que su sucesor o sucesora va a tener que responder desde el primer día.

Lo que nadie está prometiendo y Tlaxcala necesita

Quien llegue a la gubernatura en 2027 necesita entender que gobernar Tlaxcala no es administrar inercias con buena imagen en redes sociales. Es resolver problemas concretos que llevan décadas esperando.

Un río que envenena comunidades y genera enfermedades renales requiere decisiones que van a incomodar a empresas con dinero y contactos. Eso no se hace con convenios en una tarima. Se hace con voluntad política real de enfrentar intereses que financian campañas.

Una inseguridad que crece y que 7 de cada 10 tlaxcaltecas sienten en su piel no se resuelve con operativos mediáticos. Se resuelve con política de Estado: prevención, fortalecimiento municipal, atención a causas estructurales.

Un 40% de pobreza no baja solo con programas sociales federales. Baja cuando hay empleos formales, cuando los 60 municipios tienen capacidades institucionales reales y cuando el gasto público llega a donde más se necesita, no a donde más conviene políticamente.

Una clase política endogámica —hijos de exgobernadores, operadores reciclados del PRI, funcionarios que llegan por relación familiar— no se renueva sola. La ciudadanía tlaxcalteca tiene que exigirles a los once que levantaron la mano que expliquen, con datos y sin discurso, qué han hecho por Tlaxcala que no haya sido en beneficio propio.

Porque lo que Tlaxcala no necesita es otro Poncio Pilatos que llegue a la gubernatura a lavarse las manos frente a los problemas que heredó. Los tlaxcaltecas ya saben distinguir entre quien viene a servir y quien viene a ser servido. Y ese discernimiento, en 2027, va a costar caro a quien no lo entienda a tiempo.

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