Cuando la tecnología se convierte en arma
Por Roberto Núñez Baleón
La política siempre ha tenido momentos de confrontación, pero lo que estamos viendo hoy va más allá de la competencia: es una degradación abierta del debate público. La combinación de inteligencia artificial y guerra sucia está llevando a las campañas electorales a un terreno peligroso, donde la verdad importa cada vez menos.
La inteligencia artificial, que podría ser una herramienta para informar mejor a la ciudadanía, está siendo utilizada para todo lo contrario. Hoy, fabricar mentiras es más fácil que nunca. Videos falsos, noticias manipuladas y mensajes diseñados para explotar emociones circulan con rapidez, contaminando el proceso electoral.
Lejos de centrarse en propuestas, algunos actores políticos utilizan estas herramientas para difundir desinformación, manipular emociones y desprestigiar a sus oponentes. Muestra de esta práctica deleznable es la campaña emprendida contra la senadora de la república Ana Lilia Rivera Rivera en estas últimas semanas. Mediante redes sociales, un sinnúmero de contenido falso (deepfakes) ha intentado minar su prestigio y credibilidad social, con la firme intención de generar rechazo hacia su persona por parte de los ciudadanos tlaxcaltecas.
Hechos reprobables de sus oponentes, quienes, en lugar de competir limpiamente en el terreno político y de las ideas, han preferido los ataques y descalificaciones desde la sombra y la clandestinidad. Sin embargo, estas acciones no han resultado como esperaban, pues la figura de la legisladora federal se ha fortalecido. La ciudadanía detecta cada vez con mayor claridad estas estrategias sucias, interpretándolas como medidas desesperadas ante la falta de crecimiento en las encuestas y el intento desordenado de imponer la candidatura de su delfín a cualquier costo.
La guerra sucia no es nueva, pero sí más sofisticada. Ya no se trata solo de rumores o ataques directos, sino de estrategias calculadas que usan datos personales y herramientas digitales para influir en lo que las personas piensan, sienten y, finalmente, deciden por una opción o proyecto político. Es una manipulación silenciosa, difícil de detectar y aún más difícil de detener.
Lo más preocupante es que estas prácticas se están normalizando. Se justifican como parte del “juego político”, cuando en realidad representan un atentado contra la democracia.
El ciudadano queda atrapado en medio de este escenario, expuesto a información dudosa y obligado a tomar decisiones en un entorno cada vez más confuso. Así, el voto deja de ser un acto informado y se convierte en el resultado de una estrategia de manipulación.
No se trata de rechazar la tecnología, sino de ponerle límites claros. La ética no puede ser opcional en la política. Sin reglas, sin responsabilidad y sin consecuencias, la inteligencia artificial seguirá siendo utilizada como un arma para engañar en lugar de servir.
La inteligencia artificial ofrece grandes oportunidades para mejorar la comunicación política, pero su uso debe privilegiar la transparencia, la privacidad, la veracidad, la equidad y la responsabilidad. Solo así se podrá asegurar que esta tecnología sea una aliada del proceso democrático y no una amenaza para la sociedad.
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