Cuando liderar incomoda

Cuando liderar incomoda

Por: Roberto Nuñez Baleon.

En la política local, cuando una figura comienza a destacar con claridad, el ruido suele aumentar en la misma proporción. Eso parece estar ocurriendo con Ana Lilia Rivera Rivera, quien en semanas recientes ha sido blanco de una renovada ola de críticas, ataques y versiones que buscan sembrar dudas en la opinión pública.

No es un fenómeno nuevo ni aislado. En contextos electorales, el posicionamiento sostenido suele venir acompañado de campañas de desgaste. Lo que llama la atención en este caso es la consistencia de los datos, por lo menos en los últimos doce meses: diversas mediciones colocan a la senadora como una de las aspirantes más competitivas rumbo a la gubernatura de Tlaxcala, por encima de perfiles de su propio partido, Morena, y de otras fuerzas políticas; lo que explica la desesperada estrategia del ataque y la denostación en su contra.

Más allá de la disputa narrativa, los números reflejan algo más profundo: una construcción política que ha trascendido estructuras partidistas. El respaldo que Rivera Rivera muestra no parece limitarse a la militancia, sino que alcanza a sectores ciudadanos sin afiliación definida, un indicador que suele ser determinante en procesos locales.

Frente a este escenario, las descalificaciones han intentado instalar distintas versiones: desde supuestas ausencias en su labor legislativa hasta rumores sobre un posible cambio de partido hacia Movimiento Ciudadano. No obstante, varias de estas afirmaciones se desmoronan con facilidad ante evidencia verificable, como los registros de asistencia en el Senado o la propia actividad pública de la legisladora evidenciada en sus redes sociales, y la congruencia con la ella  ha actuado durante su vida política.

Esto abre una pregunta relevante: ¿por qué insistir en narrativas que pueden ser fácilmente refutadas? La respuesta se encuentra sin duda en la dificultad de algunos actores políticos para posicionar alternativas competitivas, particularmente la del alcalde capitalino. Cuando un proyecto no logra consolidarse, la estrategia suele desplazarse hacia la descalificación del adversario.

Pero hay un riesgo en esa lógica. El exceso de ataques sin sustento no solo pierde efectividad, sino que puede generar el efecto contrario: fortalecer la percepción de quien es objeto de ellos. En política, los ataques injustificados y maliciosos suelen convertirse en capital.

En Tlaxcala, el escenario parece encaminarse hacia una disputa donde no solo estarán en juego nombres o partidos, sino estilos de hacer política. De un lado, estructuras tradicionales que buscan mantenerse en el poder; del otro, perfiles que intentan proyectarse como una ruptura de este sistema.

Si algo queda claro es que la ciudadanía observa. Y en un contexto donde la desconfianza hacia la clase política sigue siendo alta, los elementos que pesan para que los ciudadanos tomen una decisión no son únicamente los discursos, sino la congruencia, la trayectoria y la cercanía con la gente. 

Al final, más allá de campañas a favor o en contra, será el electorado quien decida si el fenómeno que hoy reflejan las encuestas se traduce en votos. Porque en política, como en pocas áreas, la percepción importa… pero la decisión final siempre pertenece a la ciudadanía.

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