Dos Eventos, Dos Narrativas

Dos Eventos, Dos Narrativas

Por: Roberto Nuñez Baleon.

En la arena política, los eventos terminan cuando se apagan los micrófonos. Lo que sigue después es la batalla por la narrativa. Y eso fue precisamente lo que ocurrió tras las concentraciones encabezadas por Ana Lilia Rivera y por el grupo político de Lorena Cuéllar y Alfonso Sánchez García.

Más allá del número exacto de asistentes, que como suele ocurrir en el argot político se convirtió en motivo de disputa, lo verdaderamente revelador fue la forma en que cada equipo decidió comunicar su resultado.

Del lado gubernamental, la conversación se centró en la cantidad de personas presentes. Las publicaciones, fotografías y mensajes difundidos buscaron proyectar una demostración de fuerza medida en asistentes, enfatizando la capacidad de movilización del grupo en el poder. Como ocurre frecuentemente, las cifras reportadas por simpatizantes y medios afines difieren considerablemente de la realidad, alimentando un debate que terminó ocupando buena parte de la conversación pública: ¿Quién llevo más gente a su evento?

En contraste, el equipo de Ana Lilia Rivera optó por una estrategia distinta. Su comunicación puso el foco en el contenido político del evento: los llamados a la unidad, la fortaleza y origen del pueblo tlaxcalteca, el respaldo recibido por figuras nacionales de Morena y la construcción de una narrativa que la presenta como una opción con proyección estatal y nacional. 

En lugar de discutir cuántas personas acudieron, a pesar de igualar o rebasar el número de asistentes logrados bajo presión y amenazas por parte del lorenismo. El mensaje fue quiénes acudieron y qué dijeron.

La diferencia es esencial. Cuando un grupo político enfatiza principalmente la cantidad de asistentes, mientras otro insiste en el peso de sus respaldos y en la relevancia de su mensaje, queda en evidencia que ambos están jugando partidos distintos.

Para los operadores del grupo gobernante, la demostración de músculo territorial resulta indispensable porque constituye su único activo político. Para la senadora, en cambio, la apuesta parece orientarse a demostrar que posee algo más que capacidad de convocatoria: liderazgo propio, relaciones nacionales y una base popular consolidada construida más allá de las estructuras gubernamentales y partidistas.

Esa diferencia en la comunicación puede interpretarse de varias maneras. Una de ellas es que cada equipo resaltó aquello que considera su mayor fortaleza. Pero también existe otra lectura: cuando un aspirante comienza a ocupar cada vez más espacio en la conversación pública, sus adversarios suelen concentrarse en minimizar ese avance o en cambiar los términos del debate.

Si algo dejaron claro los acontecimientos recientes, es que Ana Lilia Rivera ha construido una base de apoyo independiente de las estructuras gubernamentales locales. Su presencia nacional, su posicionamiento en distintos sectores de Morena y más allá del partido, y su capacidad de convocar atención política la han colocado en el centro de la conversación publica a pesar de todos los intentos por opacarla.

La Senadora demuestra que cuentan con algo más difícil de construir y más complicado de sustituir: la credibilidad y confianza del pueblo libre y consciente de Tlaxcala.

Y en una elección interna, esa diferencia terminara siendo decisiva.

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