México no, 11 en campaña y el enemigo en casa

México no, 11 en campaña y el enemigo en casa

PRELUDIO
Las posibilidades de que ganara México apenas rebasaban el 10% según o que consulté en las probabilidades y estadísticas de profesionales y como se lo comenté a un muy querido amigo antes del partido que aunque la verdad no esperaba nada de la selección, creo que en el corazón de todos (nos guste o no el futbol) deseábamos que ganara nuestra selección y muy a pesar de que en lo personal no me gusta el fut, vi el partido en familia como cualquier mexicano para apoyarlos y aunque no ganaron, hicieron un gran trabajo y deberíamos todos estar orgullosos de ellos.
Fue derrumbado el típico comentario desgraciado del "jugaron como nunca y perdieron como siempre".
Viva nuestra selección de futbol carajo!
AHORA SI, AL COMENTARIO DE LOS 11
Dicen los que saben que lo que no está prohibido, está permitido, y eso, es precisamente lo que no limita a Morena para que sus aspirantes a candidatos a la gubernatura de Tlaxcala (y otras 16 entidades), hayan arrancado campaña desde el pasado 17 de junio.
Tal vez el INE es estúpido o el ITE goce de cabal ingenuidad o ambos se hagan de la vista gorda, pero lo que sí es cierto es que los partidos de oposición, también hacen lo propio con sus estructuras y aspirantes, como lo hacen el PRI y el PAN, que después habremos de analizar, pero hoy nos ocupa Morena, que es quien tiene verdaderas y reales posibilidades de conservar la gubernatura en Tlaxcala.
Y también, porque bajo la etiqueta burocrática de coordinación estatal de Morena se está dirimiendo, en los hechos, quién habrá de gobernar la entidad a partir de 2027, sea dicho #SinReservas, pero tampoco sin pudor ni hipocresía.
Reitero, para leer esta opinión, conviene despojarse de inmediato de cualquier lectura ingenua, la coordinación no es un cargo orgánico menor ni un trámite de organigrama, es la antesala declarada de la candidatura al gobierno del estado, el filtro que decide quién llega con estructura viva a la elección constitucional del seis de junio de 2027, y absolutamente nadie está pensando que se trata de una pugna interna, todos sabemos de qué se trata.
El proceso arrancó —como ya lo decía— de forma reglamentaria el 17 de junio de 2026, con la convocatoria emitida por el Comité Ejecutivo Nacional, y se materializó el 27 de junio con el registro de 11 aspirantes locales, 11 nombres sobre el papel, aunque solo 2 sostienen una posibilidad real de triunfo, mientras el resto cumple funciones de presión, de negociación de cuotas o de simple representación simbólica dentro de la coreografía interna.
Dos punteros, una misma casa fracturada
Alfonso Sánchez García y Ana Lilia Rivera Rivera son, hasta hoy, los únicos aspirantes con estructura territorial amplia, exposición mediática sostenida y respaldo de grupos organizados capaces de movilizarse en corto, y las mediciones independientes disponibles, los colocan sin ambages como los dos punteros de la contienda. También lo sabemos.
Lo verdaderamente sustantivo, sin embargo, no es que compitan entre sí, sino lo que cada uno encarna dentro de un movimiento que, a 8 años de haber tomado el poder, dejó de ser monolítico para volverse, como todo aparato que envejece en el gobierno, un mosaico de intereses en tensión permanente.
Sánchez García personifica la continuidad del aparato gubernamental, el ala que el propio dossier denomina lorenismo, con el sostén implícito de la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros y el respaldo más explícito de Marcela González Castillo, su esposa y dirigente estatal de Morena, y su relato es el de la gestión, la idea de que la transformación se administra desde el gobierno y sus resultados hablan por sí solos. Es una buena narrativa ¿no?
Su fragilidad, no obstante, es de naturaleza estructural, no accidental, porque cuando el aparato estatal se percibe juez y parte de un proceso que en teoría debería ser libre, la legitimidad de quien resulte ganador queda hipotecada desde el primer día, y esa hipoteca, en política, rara vez se salda sin intereses, sea dicho además sin sesgo hacia el sector inmobiliario.
Del otro costado, Ana Lilia Rivera Rivera encabeza, en convergencia táctica con Raymundo Vázquez Conchas (Su esquirol favorito), el bloque que reivindica una identidad distinta, la de una izquierda histórica anterior a que el poder estatal aprendiera a administrar el movimiento en su propio beneficio, y su consigna, ya convertida en bandera pública, resume con precisión casi quirúrgica el fondo del litigio, Morena no es Lorena.
No es frase menor ni ocurrencia de campaña —Como tampoco es menor la cantidad de bots, cuentas falsas y páginas de pseudomedios de comunicación que han explotado en Facebook con posts atacando a Lorena y a Alfonso en el mismo gráfico—, es la declaración de que la Cuarta Transformación tlaxcalteca no puede convertirse en patrimonio de un apellido ni de un solo grupo de poder, y tras esa consigna se alinean voces de peso nacional, Gerardo Fernández Noroña, Alfonso Ramírez Cuéllar, Jesús Ramírez, Ricardo Monreal, José Antonio Álvarez Lima, además de un sub-bloque de izquierdas históricas que encabezan Floria Hernández Hernández y Héctor Paredes Mora.
Para quienes no tienen idea de lo que acontece al interior de la política interna de Morena y de los bloques, corrientes o tribus (llámenles como quieran), entenderán el por qué de ciertos registros y ciertas afinidades que se “darán” en su momento, porque siempre existen los candidatos satélite, los de relleno.
Ese sub-bloque aporta un activo que el bando contrario no posee con igual intensidad, la alineación discursiva con el Comité Ejecutivo Nacional y un relato de autenticidad ideológica que, en un movimiento cada vez más asociado al ejercicio del poder que a la insurgencia que le dio origen, todavía cotiza alto entre la militancia de base.
Aquí reside, en el fondo, la noticia verdadera de este ciclo, la fractura no discurre entre partidos, discurre dentro de Morena mismo, entre el poder que administra desde las oficinas de gobierno y el poder que se reclama desde el senado, argumentando calle, militancia y la memoria fundacional del movimiento mientras recluta y pone en lugares clave a figuras de dudosa calidad política y ninguna afinidad con Morena como Minerva Hernández Ramos o Sergio González Hernández (Sólo por mencionar 2 testaferros panistas que buscan resusitar políticamente), esta tensión que Tlaxcala no inventa y no necesita, apenas la refleja una mínima muestra a escala local, ya mencionaré otros nombres.
El hombre de la zona gris
Entre esos dos bloques, sin pertenecer del todo a ninguno, se mueve con cautela calculada Carlos Augusto Pérez Hernández, quizá el aspirante más interesante de diseccionar, porque su posición ambigua no es debilidad ni fortaleza en estado puro, es ambas cosas a la vez, según se resuelva la ecuación entre los dos punteros.
Llega con capital acumulado que no puede ni debe desdeñarse, 25 años de trayectoria política, repartidos en 5 niveles de gobierno, experiencia como expresidente estatal de Morena y una red de contactos tejida a través de los programas de bienestar en los sesenta municipios de la entidad, activos que ningún aspirante del segundo nivel puede exhibir con igual densidad.
Las mediciones de al menos 2 encuestadoras de confiabilidad apenas media, que conviene apuntarlo con honestidad metodológica, ya lo sitúan en un tercer lugar competitivo, dato que dista de ser irrelevante en un proceso donde los márgenes reales pueden ser más estrechos de lo que la narrativa oficial o la de ambos aspirantes admiten.
Carlos Augusto carga, sin embargo, con dos lastres que aún no logra desprenderse, un origen priista de 16 años que evade con sistemática habilidad en sus declaraciones públicas, y una posición ambigua entre el lorenismo, del que fue pieza medular cuando este consolidó su control del partido, y el anti-lorenismo que hoy intenta cortejar mediante gestos como su renuncia al FOMTLAX.
En política, rara vez la ambigüedad resulta gratuita, suele pagarse en desconfianza acumulada de ambos flancos, y Pérez Hernández parece transitar ese peaje sin haber decidido aún, o sin poder decidir, en qué orilla desea instalarse de manera definitiva.
Su oportunidad, con todo, es genuina y no debe subestimarse por prudencia excesiva, si Rivera Rivera y Sánchez García llegan empatados en la encuesta interna, el Comité Ejecutivo Nacional podría inclinarse por un perfil de síntesis, capaz de capitalizar estructura sin arrastrar el estigma pleno de ninguno de los dos bloques enfrentados.
Es, en suma, el escenario del árbitro que termina disputando el partido, improbable si se atiende al peso relativo de los otros dos actores, aunque no descartable, sobre todo si el desgaste mutuo entre punteros erosiona su viabilidad más de lo que ambos están dispuestos a admitir en público.
El Verde y el arte del chantaje elegante
Ningún análisis serio de este proceso puede permitirse ignorar al Partido Verde, y aquí el dossier consultado aporta uno de sus hallazgos más incómodos, Juan Salvador Santos Cedillo no compite en realidad para ganar la coordinación de Morena, no podría, carece de estructura estatal y de militancia suficiente para ello, compite para demostrar algo distinto, y bastante más valioso en clave de negociación.
El dato es contundente, 52.8 por ciento de aprobación ciudadana según Mitofsky, medición de febrero de 2025, cifra que ningún otro perfil en la contienda logra siquiera aproximarse, y con ese capital político en la mano, el Verde ya adelantó, sin medias tintas ni diplomacia de cortesía, que no respaldaría a Sánchez García en caso de resultar postulado.
Es una amenaza de ruptura de coalición con dientes reales, sostenida desde la dirigencia nacional por Carlos Alberto Puente Salas y Arturo Escobar y Vega, y su sola existencia, verosímil como es, ya condiciona el cálculo de todos los actores en juego, aun antes de que la encuesta interna arroje un solo número definitivo.
Aquí la pregunta es, ¿Quién pierde más sin la coalición PVEM-Morena?, ¿El PVEM?, ¿Morena?, sólo hay que revisar el histórico de la ultima elección y allí está la respuesta.
La pregunta que separa el análisis riguroso del ruido de pasillo es si esa amenaza se sostendría en los hechos, porque el Verde necesita a Morena tanto como Morena lo necesita a él de cara a 2027, y las rupturas de coalición suelen rendir más como amago que como práctica consumada, aunque el amago, bien administrado, ya es en sí mismo una forma de poder.
El Partido del Trabajo, por su parte, juega una partida más modesta y, quizá por ello mismo, más reveladora del funcionamiento real de las coaliciones, Irma Yordana Garay Loredo y José Alejandro Aguilar López no compiten para ganar la coordinación, compiten para maximizar el poder de negociación del partido llegada la hora del reparto de posiciones secundarias, una senaduría, una diputación, una candidatura municipal de peso.
Es la lógica, tan vieja como fecunda, de la cuota disfrazada de contienda, un ejercicio en el que Alberto Anaya Gutiérrez, dirigente nacional del PT, sabe moverse con la paciencia de quien ha jugado esta partida en más de un ciclo electoral y conoce el valor exacto de perder con dignidad negociable.
Los episodios que ya no caben en lo privado
Conviene no perder de vista que cada gesto de este proceso pesa más de lo que aparenta a primera lectura, el boicot denunciado al informe público de Rivera Rivera, la denuncia de Vázquez Conchas contra actos anticipados de campaña atribuidos a Sánchez García, la salida cuestionada de Pérez Hernández del FOMTLAX, ninguno de estos episodios es anecdótico ni casual.
Son, en conjunto, la evidencia palpable de una pugna que ya trascendió los muros internos del partido y se convirtió en debate público, abierto y sin filtros, sobre una pregunta de fondo, quién ostenta el derecho legítimo de reclamar la autenticidad del movimiento en la entidad.
Hay, además, una variable que el propio análisis subraya y que esta columna considera insuficientemente ponderada, el criterio de paridad de género, si Morena decide aplicarlo con rigor y sin excepciones cosméticas, la ecuación se inclina de manera casi natural hacia Sánchez García, y ese solo hecho podría pesar más que cualquier estructura territorial acumulada por sus contrincantes varones.
Pero el fiel de la balanza no reside en Tlaxcala
La conclusión más incómoda de este ejercicio, y la que esta columna suscribe sin ambages, es que la decisión final probablemente no se dirimirá en Tlaxcala, será en la actitud que adopte el Comité Ejecutivo Nacional, y en última instancia la propia presidenta Claudia Sheinbaum, frente al fenómeno del lorenismo instalado en la entidad.
Si el partido nacional decide intervenir para impedir que un aparato gubernamental capture un proceso que en teoría debería ser de militancia libre, Rivera Rivera parte con ventaja clara y difícil de remontar, si en cambio permite que la estructura estatal opere sin contrapesos efectivos, Sánchez García cuenta con el camino más despejado hacia la coordinación.
Y si ninguno de los dos logra imponerse con nitidez suficiente, Pérez Hernández podría convertirse en el beneficiario inesperado de un empate que, hoy por hoy, ninguno de los dos bloques principales está dispuesto a reconocer siquiera como hipótesis plausible.
Con la información pública disponible al corte del primero de julio de 2026, los escenarios más probables sitúan a Sánchez García entre 40 y 45 por ciento de probabilidad de obtener la coordinación, a Rivera Rivera entre 35 y 40, y a Pérez Hernández como tercera vía viable, con 10 a 15 por ciento de opciones reales.
Todo lo demás, incluida una eventual ruptura total de la coalición Morena, PT y PVEM, es hoy escenario residual, verosímil sobre el papel, altamente improbable en la práctica, porque ninguno de los actores involucrados guarda incentivo genuino para empujar el conflicto hasta ese extremo autodestructivo.
Morena por sí solo retiene un 45% de intención de voto, ponderado en las últimas mediciones de encuestadoras serias.
Lo que sí resulta diáfano, y esto debería quedar como la lectura de fondo de este dossier, es que Morena en Tlaxcala llega a 2027 sin resolver una pregunta que tarde o temprano tendrá que responder a escala nacional, si la Cuarta Transformación es un movimiento que se reparte entre quienes lo edificaron desde abajo, o un aparato que se hereda desde el gobierno o el senado hacia quienes hoy lo administran desde arriba.
La coordinación estatal es apenas el primer asalto de esa pregunta mayor, la gubernatura de 2027 será, con toda probabilidad, la respuesta que la entidad entera está a punto de pronunciar, quiéralo o no el aparato que hoy cree tener la partida resuelta.
EL ENEMIGO EN CASA
Parece que nadie tiene el valor de decirle a la gobernadora que tiene al enemigo en casa, que la gran mayoría son unos simuladores pero que en realidad son los que filtran hacia la pseudoprensa amarillista los detalles de mucha información que debería ser privilegiada.
para nadie, al menos fuera de lo oficial, es desconocida la profunda traición gestada desde la secretaría de educación pública y la Coracyt, en alianza con algunos diputados locales y presidentes municipales que conspiran todos los días para atacar sin piedad la mano que les da de comer.
inclusive, hay algunos que tienen su agenda propia y que les importa un comino la administración pública y más aún, la imagen de la gobernadora, tal es el caso del Coordinador (que no vocero -Ya quisiera-) de Prensa de Gobierno, ese espantajo que le preocupa más la agenda LGBT+ que el cumplir con los objetivos propios de esa coordinación.
lo anterior sea dicho con todo respeto a la Comunidad LGBT+ que vive y convive con el resto de la sociedad de manera armónica sin que sus preferencias sexuales tengan que ver con ser estruendosos, ridículos y agresivos con quien piensa distinto o esperan que un hombre heterosexual se rinda a ellos a cambio de un favor.

Comentarios

Vota y Opina