La reforma electoral: El poder no se vota, se encuadra

La reforma electoral: El poder no se vota, se encuadra

“La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer; en ese interregno aparecen los fenómenos morbosos.” Antonio Gramsci

Febrero no es una fecha, es una amenaza suave

El café se enfría mientras leo, otra vez, la palabra febrero. En política, las fechas nunca son inocentes. No anuncian certezas: imponen ritmo. Lo aprendí hace años, cuando una reforma se perdió no por falta de votos, sino por llegar tarde al relato. Hoy pasa algo parecido. La reforma electoral federal aún no existe como texto, pero ya existe como historia en disputa. Y eso, en términos de poder, es lo decisivo. No se está peleando un dictamen. Se está peleando el marco mental desde el cual ese dictamen será leído cuando llegue.

El framing manda, el contenido obedece

La teoría de la narrativa política es clara: quien define el problema, define las soluciones posibles. George Lakoff lo sintetizó con brutalidad académica: no discutas dentro del marco del adversario, o ya perdiste. En ese sentido, el anuncio presidencial de que la iniciativa se presentará en febrero cumple una función precisa: forzar alineamientos antes del texto, elevar el costo de la disidencia y acelerar el regateo interno.

Hoy, la reforma electoral opera en un interregno narrativo. No hay articulado, pero sí ejes verbales: plurinominales, costos, fuero, regidurías, voto en el extranjero. Ese vacío no es debilidad; es zona de maniobra. Permite que el Ejecutivo empuje un encuadre de “democratización y austeridad” mientras los actores leen, en silencio, qué se está jugando en realidad.

¿Y qué se está jugando? No el ahorro. El control del sistema sin romper su legitimidad. Ese es el eje rector oculto del debate.

La oposición intenta fijar un frame temprano: “captura”, “autoritarismo”, “Ley Maduro”. No necesita ganar la votación; le basta contaminar el sentido común antes de que exista el texto. Es manual clásico de guerra simbólica: si el significante entra primero, todo lo que venga después se interpreta bajo sospecha. El oficialismo, consciente de eso, responde con tres anclas discursivas reiteradas: autonomía del árbitro, defensa de minorías y participación institucional del INE. No son consignas; son antídotos de framing.

Pero la batalla decisiva no está ahí. Está dentro de la coalición.

El PVEM emerge como veto player central. Su rechazo frontal a tocar representación proporcional y financiamiento no es ideológico; es estructural. Las plurinominales y el dinero público no son privilegios: son condiciones de supervivencia. El Verde lo sabe y actúa en consecuencia, elevando el precio de su voto y conectándolo, de forma tácita, con 2027. El PT, en cambio, ya eligió otro camino: influir el diseño desde dentro antes que romper. Su alineamiento condicionado reduce el campo de batalla a un solo actor con capacidad real de bloqueo.

Aquí aparece una lección que Sun Tzu habría firmado sin dudar: la peor estrategia es asediar una ciudad cuando puedes abrirle una puerta. El rediseño “cosmético” de la representación proporcional —conservar el principio, cambiar el mecanismo— no es traición al discurso; es ingeniería política. Permite que cada actor vote “sí” sin suicidarse y que el Ejecutivo conserve la narrativa de cambio.

El otro nudo es el financiamiento. El frame opositor ya está listo: recortar recursos debilita partidos y abre la puerta al dinero ilícito. Es un argumento poderoso porque conecta con miedos reales y experiencias latinoamericanas recientes. Si el Ejecutivo no ofrece un rediseño creíble —fiscalización, topes, arquitectura de control—, ese encuadre puede volverse dominante incluso entre aliados.

Y luego está 2027. El elefante en la habitación. La elección concurrente aparece como justificación técnica de la reforma, pero también como riesgo narrativo. Ahorrar sin desfondar al operador es un equilibrio delicado. Que el INE haya entregado propuestas institucionales no es un gesto menor: es una señal de que el árbitro busca blindar la viabilidad antes de que la reforma sea leída como improvisación o captura.

Escena final: El tablero antes del dictamen

Cuando cae la noche, el texto sigue sin existir. Pero el tablero ya está ahí. Se lee en citas textuales, en silencios calculados, en reuniones discretas en Gobernación. La política real no se decide en el Diario Oficial; se decide 72 horas antes, cuando el marco dominante se consolida y el resto solo administra daños.

La hipótesis es incómoda, pero verificable: la reforma no se caerá por la oposición. Puede mutar, diluirse o volverse “light” por el veto verde. Si el diseño no permite al PVEM votar “sí” sin perder oxígeno, el paquete se reducirá a lo políticamente barato. Si, en cambio, se logra una reingeniería que conserve representación y rediseñe costos, el Ejecutivo habrá ganado sin tomar la ciudad.

Porque al final, en política, el poder no se vota primero.

Se encuadra.

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